10/12/17

Masonería Egipcia (I)

El egiptólogo francés Bernard Bruyére, desde 1.920 a 1.952 hizo notables excavaciones en el paraje de Deir el-Medineh (Medina), el llano de Gizeh al sur de la necrópolis tebana que se ha convertido en el gran lugar turístico de Egipto.

Bruyére descubrió numerosas tumbas muy curiosas; advirtió que se trataba de capillas pertenecientes a los miembros de una cofradía que agrupaba constructores, albañiles, grabadores y pintores que se instalaron en Deir el-Medineh a partir de finales de la XVIII Dinastía, hacia 1.315 antes de nuestra era. La tumba 267, por ejemplo, es la de Hay, jefe de los artesanos, modelador de las imágenes de los dioses en la morada del Oro.
Las capillas fueron decoradas por los propios artesanos y encontramos al azar en las pinturas, el codo sagrado, la escuadra, distintas formas de nivel y muchos otros objetos simbólicos que conocieron una duradera posteridad.
Había también una gruta dispuesta como santuario dedicada a la diosa serpiente Mertseger, señora del silencio que deben respetar los iniciados.

Al abrigo de la cima, en la pirámide natural que domina el Valle de los Reyes, la cofradía trabajaba para el rey de Egipto y formaba un verdadero Estado en el Estado. Los miembros de esta antiquísima sociedad iniciática se denominaban “Servidores en el lugar de verdad o de armonía”.
El faraón, una de cuyas principales cargas era mantener la armonía entre el cielo y la tierra, les confiaba gran parte de los trabajos artísticos en los que se expresaba el esoterismo egipcio desde el nacimiento del imperio.
Para Bernard Bruvére se impone una evidencia, la cofradía de Deir el-Medineh es una auténtica masonería adelantada en el tiempo, por cierto número de detalles significativos. Según sus constituciones, la colectividad se divide en logias o chozas que son talleres donde se reparten las tareas.
Es de destacar que los iniciados de Deir el-Medineh se beneficiaban de ritos religiosos que les eran propios. Veneraban sobre todo a la diosa del silencio, al dios de los constructores y a la persona simbólica del rey.
El rey de Egipto, por lo demás, era su gran maestro y visitaba las obras de vez en cuando, para hablar con los altos dignatarios de la comunidad y verificar la buena marcha de los trabajos. Formar parte de la cofradía era una felicidad inmensa y una pesada carga; a la iniciación en espíritu se añadía una promoción social que elevaba a la mayoría de los iniciados por encima de su condición original.

El nacimiento, en las sociedades tradicionales, nunca fue un criterio de admisión. Varios faraones y maestros de obras eran de origen humilde, lo que no les impidió acceder a las más importantes funciones iniciáticas y administrativas. Muchos funcionarios, muchos cortesanos no vieron nunca al faraón al margen de las ceremonias oficiales; en cambio, el joven albañil procedente de una apartada campiña gozaba de este privilegio si era aceptado por la cofradía. Pesada carga, en verdad, puesto que el error no estaba permitido. Pinturas y esculturas encarnan con la máxima fidelidad la idea simbólica que evocan, ninguna imperfección técnica se tolera.

¿Por qué los ritos iniciáticos se celebran en tumbas?

Los textos egipcios nos proporcionan dos respuestas. En primer lugar, la tumba, como el sarcófago, no es un lugar de muerte; en realidad, es la morada de una vida nueva obtenida por la muerte del individuo profano. En segundo lugar, la palabra “tumba” se sustituye bastante a menudo, en los escritos egipcios, por el término “taller”: crear la obra de arte y crear al iniciado son dos operaciones idénticas.
Los miembros de la cofradía de Deir el-Medineh iban vestidos con un delantal ritual que permitía identificar a los iniciados y a los profanos; tenía también un profundo valor simbólico, representando el vestido divino que el constructor no debe mancillar con actos serviles o inconscientes.

Continuará...

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