13/4/17

Cosmogonía Hebrea (II)


Para interpretar el relato escrito sacerdotal (Gen. 1-2.1) sobre la creación, actualmente se prescinde cada vez más partir de imágenes y nociones mitológicas de las religiones vecinas a Israel.
La palabra hebrea para indicar el océano primordial, Tehom, está emparentada con Tiamat, dragón babilónico del Caos; pero tan sólo es un préstamo lingüístico. No se acepta en la actualidad, como se supuso durante mucho tiempo, que el autor del relato sacerdotal empleara imágenes semíticas para aclarar el estado primigenio del caos.
Los conceptos expresados son tópicos cosmológicos. La creación es un producto de la voluntad personal de Dios, no es un reflejo de la naturaleza divina, Dios crea mediante la palabra.
Esta concepción está emparentada con creencias mágicas que Israel fue purificando a lo largo de los siglos, prescindiendo de todo planteamiento mágico.

El día es luz primigenia, la noche es la oscuridad caótica. El firmamento se representa como una masa gigantesca en forma de campana, concepción que aparece en otros libros bíblicos (Sal 19, 2; Job 37, 18).
Las aguas que se hallaban bajo la bóveda celeste fueron reunidas, y se les asignó el mar. Este límite permite la aparición de la tierra bajo el cielo, que reposa sobre las aguas primordiales. Las aguas del océano celeste se encuentran sobre el firmamento.
En muchas mitologías, de Egipto, Sumer y Fenicia, el océano, el mar primigenio, es origen de la vida.
A continuación, la palabra creadora de Dios hace aparecer el mundo vegetal sobre la tierra. De hecho podía haber ideas arcaicas sobre la madre-tierra en esta concepción.
En la creación de los astros se documenta un Pathos antimítico. Son criaturas de la voluntad de Dios. Ellos no crean la luz. El texto rechaza el poder de los astros de carácter divino. El autor sacerdotal del relato de la creación rehúsa dar honores divinos a los astros, cuyo culto penetró en la religión israelita a final de la monarquía (2 Re 23, 11), en tiempos de la reforma de Josías (641-609 a.C.).

Los primeros seres vivos creados son los seres míticos, los monstruos marinos y, después, los peces y las aves. Sigue la creación de los animales que viven sobre la tierra. Finalmente creó Dios la humanidad semejante a él.
La concepción de que Yahveh forma al hombre de la tierra tiene paralelos en las mitologías de Mesopotamia y de Egipto.
En varios mitos antiguos orientales un dios forma a un hombre o a otros dioses a semejanza suya. En Egipto, el faraón era imagen viviente de Dios en la tierra. Esta semejanza en la Biblia no excluye el aspecto corporal, lo espiritual y lo somático, pues todo el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Este texto bíblico, entre las mitologías antiguas, es el único que habla de la semejanza del hombre con Dios.

El Salmo 8, afirma que el hombre fue hecho poco menos que los ángeles, Elohim. Este texto sostiene que Yahveh está rodeado de seres celestes, de ahí el uso del plural, idea que se afirma en otros pasajes bíblicos (1 Re 22, 19-20; Job 1; Is 6).
Estos Elohim son sabios (2 Sm 14, 17-20) y buenos (1 Sm 29,9). En la semejanza del hombre con Dios se halla una concepción antropomórfica de Yahveh.
El hombre fue creado semejante a Dios para dominar la tierra. En los mitos de la creación de Sumer y de Babilonia el hombre es creado para trabajar para los dioses.
Dios creó no solo al hombre, sino también a la mujer. Este relato no se vincula con mitos, especulaciones gnósticas, divinización del sexo, o con el ascetismo. En la religión cananea el hombre participaba de lo divino mediante la prostitución sagrada.

Después de la creación Yahveh descansó. En la epopeya babilónica de la creación del mundo, Marduk, que es el dios creador, es glorificado por los dioses superiores, recitando sus cincuenta nombres.
La narración bíblica es totalmente diferente en el final del relato. Con este descanso Dios instituye el sábado. Este relato es único dentro de las cosmologías orientales. Data de la época del destierro de Babilonia, pero sus raíces son mucho más antiguas. Sólo se puede hablar de la dependencia de este relato respecto a otros mitos de religiones del Oriente en un sentido restringidísimo, al no describirse lo que es el acto creador, aunque queda un eco del pensamiento cosmológico del Oriente Antiguo.

En la narración bíblica no aparece ningún combate entre dos principios cósmicos primordiales personificados, ni enemistad contra Dios. El caos no tiene fuerza propia. Ningún texto de Ugarit se parece nada al relato bíblico. La fe en Yahveh impedía al autor hablar en tono mitológico de combate de dioses, o divinizar la naturaleza.
Se ha eliminado de este relato toda representación dualista de la lucha entre Dios y los monstruos del caos. Es mítica en dicha narración la idea de un tiempo primordial, de un origen del mundo, que lo contiene en todos sus elementos.

La historia de la creación ha perdido así la posibilidad de insertarse en el culto. Queda reducida a un suceso pasado. Solo es la base de la historia posterior. Se ha abandonado la posibilidad de ritualizarla en el culto como suceso del origen. Es simplemente una historización del mito.
Un segundo relato de la creación puede leerse en Génesis 2. Es de tipo mesopotámico, posiblemente filtrado a través de la religión cananea.

Fuente:La mitología entre los hebreos y otros pueblos del Antiguo Oriente- José María Blázquez Martínez.

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