22/9/16

Los hijos de Gomer (Askenaz, Togarma, Rifat)


Askenaz (hijo de Gomer)

Son numerosas y diversas las identificaciones del grupo humano que descendió de Askenaz, hijo de Gomer. Por ejemplo, Sayce se sentía inclinado a creer que debido a que este nombre se encuentra en conjunción con Ararat y Mini (Jeremías 51:27), se deberían identificar con los Asguza de los monumentos asirios. Maspero mantenía que se tenían que identificar con los antiguos escitas. Casi sin excepción, los comentaristas concuerdan en que se tienen que situar al norte del Creciente Fértil que rodea a Palestina y Mesopotamia. Observan ellos que siguen existiendo reminiscencias del nombre Askenaz en el Lago Ascanio y en un grupo humano de la vecindad que se conocía como los Ascani. Este grupo humano estaba establecido en la provincia de Frigia y parece que los menciona Homero en la Ilíada (Libro II, 2, 863 y 13, 793). Peake menciona dos lagos y un río en el distrito que llevan el antiguo nombre en formas modificadas, y observa que Asken sigue apareciendo en la actualidad como nombre propio armenio. Uno de estos dos lagos en la región oriental de Bitinia cerca de Nicea aparece mencionado por Estrabón (7, 389), y se le conoce actualmente como el Lago Iznik una forma degenerada de Askenaz, en la que ha tenido lugar una inversión. En Bitinia, en las costas del Mar de Mármara, hubo un Lago Ascanio; en el sudoeste de Frigia existe otro lago con un nombre similar; y a mitad de camino entre ellos se encontraba Troas, en cuya familia real encontramos, en tiempos de la Guerra de Troya, a un príncipe llamado Ascanio. Es posible que en ellos también encontremos reflejados el nombre de Askenaz.

Al irse desplazando hacia el norte, los descendientes de Askenaz se encontraron con los descendientes de Tiras (los tracios, según los identifica Josefo) que ya ocupaban las llanuras de Tracia, con una especie de retaguardia en Bitinia, si debemos juzgar por las alusiones en Herodoto y Estrabón. Esta circunstancia contribuyó probablemente a que emprendieran un camino más septentrional hacia la región centro-occidental de Rusia, en lugar de seguir a Gomer hacia el oeste y adentro de Europa, llegando a su tiempo a lo que ahora es Alemania. Los comentaristas judíos suelen asociar a Askenaz con los alemanes, probablemente de forma justificada. Al multiplicarse allí, pasaron al norte a Ascania, que, junto con las islas de Dinamarca, pasó a ser conocida por los escritores latinos posteriores como las «Islas de Scandia» Escandinavia.
La introducción de una D epentética entró en la forma de Ascania de una forma muy parecida a la que el término latino tenere se transforma al francés como "tendre".
Es curioso cómo alguna forma del nombre Askenaz se ha preservado en esta área a lo largo de la historia. Los habitantes del antiguo estado de Dessau han reivindicado a lo largo de la historia su descendencia de Askenaz, y uno de sus gobernantes en el siglo XII, que durante un tiempo poseyó los estados sajones de Enrique el León (fundador de la Casa de Brunswick), añadió a su nombre de pila Bernardo el de Ascanio, declarando que sus antecesores habían venido del Lago Ascanio en Bitinia.
Mientras, lejos de allí, en las fronteras septentrionales de Media, una retaguardia de la misma familia se mantuvo atrás. Estos pueblos eran aliados de sus vecinos, los medos, y causaron muchos problemas a Esarhadón de Asiria.
En la época clásica habitaron cerca de Rhages, que según Josefo era una ciudad de una cierta magnitud, cerca del centro de la costa meridional del Mar Caspio. En aquel punto arranca una cadena de montes que se dirige hacia el este a lo largo de la costa y más allá de la misma, y que forma un límite natural del territorio de los bactrianos y de los sakis. Esta cordillera la menciona Amiano Marcelino (bibliotecario e historiador del emperador Juliano, que escribió alrededor del 350 d.C.) con el nombre de los Montes Ascanimianos.
Estas tribus bárbaras, a las que Estrabón designa como los Sakis, consiguieron ocupar Bactriana a un lado del Caspio, y ocuparon los mejores distritos de Armenia al otro. Estos territorios ocupados «recibieron de ellos el nombre de Sakasene», según nos cuenta Estrabón.
Así, conocemos acerca de una cadena de montes llamada en tiempos clásicos los Ascanimianos, alrededor de los cuales vivían descendientes de Askenaz. Al comienzo de la era cristiana, un poco al norte de ellos, y separados del vecino reino de Armenia y justo al sur de los Montes Caucásicos, había un país llamado Sakasene. Es casi seguro que este pueblo, los sakasenoi, eran también descendientes de Askenaz. Y parece que algún tiempo después del inicio de la era cristiana, una oleada de esta familia de Askenaz, que se llamaban sakasenoi, o de forma más breve, sachsen, emprendieron camino al norte a través de las Puertas del Caspio a la Escitia europea, y de allí pasaron adelante con la oleada de sus parientes germánicos, los godos, al norte de Europa, donde el país que ellos ocuparon recibió el simple título de «Sachsen».
Cuando Tácito, escribiendo alrededor del 100 d.C., da una lista de los pueblos germánicos en su propio tiempo (aunque incluía en su relato a Dinamarca y a Suecia, donde, dice él, habitaban los cymbri, y también incluyó a los angli), no hizo mención en absoluto de los sachsen o como nosotros los conocemos más familiarmente, sajones. Este grupo humano aparece en la historia por vez primera tras la designación de Caransio, alrededor del 280 d.C., para vigilar las costas orientales de Gran Bretaña contra los piratas, cuando recibió el título de «Conde de la Costa Sajona».

Así, podemos aceptar que Askenaz, nieto de Jafet, dio origen a un gran componente de los primeros pobladores de Alemania y Escandinavia, y que en su camino dejó muchos memoriales del nombre ancestral, además de proporcionarnos una tribu que jugó un destacado papel en la historia de Inglaterra.

Rifat (hijo de Gomer)

Parece que se ha descubierto poco que se pudiera relacionar con el nombre de este hijo de Gomer. Se han hecho diversas propuestas para algunos distritos en Asia Menor. El doctor J. Pye Smith sugiere, por ejemplo, Rifou al este del Mar Negro y los Montes Rifeanos mencionados en las antiguas geografías por Estrabón, Virgilio, Plinio y otros. C. R. Conder menciona un pueblo que habitaba al este del Mar Negro llamado los Rhibii.
También sugiere a los rifaenos que posteriormente fueron conocidos como los raflagonianos, a los que Josefo identifica como descendientes de Rifat. En la obra Popular and Critical Biblical Encyclopedia, el primer mapa al final del volumen 3 muestra el mundo antiguo y la supuesta posición de los descendientes de Noé. No hay otra autoridad detrás de este mapa que ciertas suposiciones basadas en un examen inteligente de la evidencia bíblica, pero se puede observar que el centro de Europa está ocupado por Rifat. La conjunción de la palabra «Europa» con el nombre «Rifat» suscitó la cuestión de si pudiera haber alguna relación entre ambos términos. El nombre Europa se deriva generalmente de la leyenda de Europa, pero por cuanto los diccionarios de mitología clásica reconocen que la etimología de Europus es incierta, queda en pie la posibilidad de que, si nos remontásemos lo suficientemente en el pasado, pudiéramos descubrir que el nombre era originalmente Rifat. Se ha presentado otra sugerencia, que el nombre reaparece en la designación «Cárpatos». También hay los Cárpatos llamados Alpes Bastárnicos, que separan Dacia de Sarmacia.

Togarma (hijo de Gomer)

El pueblo designado como Togarma, otro hijo de Gomer, se menciona dos veces en Ezequiel. Leemos acerca de este pueblo en las ferias de Tiro, donde comerciaba con caballos y mulos (Ezequiel 27:14), y más adelante en la campaña con Gomer en la tierra de Israel (Ezequiel 38:6). Ninguno de ambos pasajes ayuda demasiado en la identificación de su tierra, pero ambos concuerdan con la hipótesis de que el pueblo mencionado son los antiguos habitantes de Armenia. Y esto tiene algún apoyo procedente de la tradición nacional y de la teoría basada en la etimología. Las tradiciones armenias consideran como su propio antecesor a un hombre llamado Hiak, que, dicen ellos, era «hijo de Targom, un nieto de Noé».
A causa de una inversión de las letras, los armenios llegaron a ser conocidos como la Casa de Targom, y los escritores judíos se refieren frecuentemente a los turcos como Togarma. Se debería observar también que el Mar Negro, al noroeste de Armenia, era a veces designado como Togarma.
Estrabón parece haber dado por supuesto que aquí se trataba de los armenios, y Herodoto los menciona en relación con la crianza de caballos. Josefo dice que Togarma es el padre del pueblo conocido como los Trugrameanos, a los que los griegos identificaban con los frigios. El profesor F. W. Shultz observa que según los targumes judíos Togarma fue el padre de Alemania (Germania). Y hay algunos que creen que la misma palabra Germania procede del antiguo nombre Togarma, con la pérdida de la primera sílaba en el proceso. Si es así, entonces no puede haber relación entre «Gomer» y «Germania», como se ha propuesto con anterioridad.

Extracto: El Origen de las Naciones
Arthur C. Custance, M.A., Ph. D.†

14/9/16

Gomer (hijo de Jafet)




Desde una perspectiva etnológica, parece que Gomer fue el más importante de los hijos de Jafet. A juzgar por historiadores antiguos como Herodoto, Estrabón y Plutarco, la familia de Gomer se estableció al principio al norte del Mar Negro, dando su nombre en una forma ligeramente modificada al distrito conocido como Cimeria, luego abreviado a Crimea (los árabes, por una transposición de letras, le han dado el nombre de Krim). Este grupo humano parece haberse multiplicado rápidamente hacia el oeste, pero una porción considerable de esta antigua familia fue expulsada por los escitas y se refugió en Asia Menor durante el siglo VII a.C. Su historia subsiguiente es conocida hasta cierto detalle gracias a los registros asirios, donde aparecen como los Kimirraa, nombre con el que ya eran conocidos en tiempos de Homero.
Junto con los Minni, los medos, el pueblo de Sefarad y otras poblaciones cuyos territorios habían ya sido conquistados, atacaron la frontera septentrional del Imperio Asirio. Pero en 677 a.C., su caudillo, Teupsa, fue derrotado por Esarhadón, y algunos fueron arrojados hacia el este, donde invadieron el viejo Reino de los Elippi y según algunos, edificaron Ecbatana. Otros volvieron a dirigirse hacia el oeste, entrando de nuevo en Asia Menor, donde saquearon Sinope y Antandros (que poseyeron durante unos cien años), y finalmente invadieron Lidia. El rey de Lidia, el famoso Giges (687–653), envió a pedir ayuda a Nínive, pero murió en batalla antes que llegase ninguna ayuda, y su capital, Sardis, fue tomada por el ejército invasor. El sucesor de Giges, Ardis, pudo exterminar o echar a la mayoría de ellos del país. Parece quedar una reminiscencia de su breve dominio sobre la región por el hecho de que los armenios designaban a Capadocia como Gamir, aunque no es seguro de si con este nombre designaban a la tierra o meramente a los habitantes.
Eusebio, refiriéndose a Gomer, dice, «de donde proceden los capadocios».
Algunos de la tribu de Gomer permanecieron en el país, o bien volvieron, y otros fueron al oeste hasta tan lejos como Francia y España y posteriormente hasta las Islas Británicas, como veremos.

Según Josefo, la rama que volvió a Asia Menor llegó a ser conocida como los gálatas. Se puede observar que aunque la forma «Galacia» parece estar muy alejada de «Gomer», es posible sin embargo derivarla de la forma más antigua del nombre. La consonante media de palabra, GoMeR puede ser fácilmente sustituida por una W o una U, de modo que G-M-R puede transformarse en G-W-R o G-U-R. Es posible que el antiguo lugar conocido como Tepe Gawra sea una reminiscencia de una de estas formas. Puede luego haber un cambio adicional con la sustitución de la L en lugar de la R terminal. Esta sustitución es muy común y puede observarse, por ejemplo, donde castrum en latín pasa a ser «castillo» en castellano. Así, tenemos la siguiente serie: La transformación de G-M-R a G-U-R que luego deviene G-U-L. Esta última forma se observa como la más familiar Gaul (Galia), donde, como se recordará, se establecieron algunos de los descendientes de Gomer. Y la relación entre los galos, los gálatas y los celtas está bien establecida históricamente. Desde luego, según Haydn, los galos eran designados Galati o Celtae por los romanos. Además, los historiadores romanos aseveran que este pueblo procedía originalmente de Asia Menor y que se esparció por toda Europa en España (Galicia), en Francia (Galia) y en Gran Bretaña (los celtas).
Tenemos a continuación que muchos gomeritas eran los agitados «bárbaros» contra los que tuvieron que defenderse los asirios, y que luego se ofrecieron como mercenarios que, tras recibir su paga, se instalaron como granjeros en la zona de Asia Menor conocida como Galacia.

En su consideración de Epístola de Pablo a los Gálatas, Farrar observa lo siguiente:
Se tiene que considerar como cosa cierta que los gálatas eran celtas, y no solo celtas, sino celtas címricos. Cada rasgo de su carácter, cada fenómeno establecido de su lenguaje, cada hecho contrastado de su historia, demuestra más allá de toda duda que los gálatas o galos eran celtas; y con toda probabilidad las designaciones de gálatas y celtas sean etimológicamente idénticas.

Kalisch los identifica con los Chomari, una nación en Bactriana cerca del río Oxus, mencionada por Tolomeo.
Que este grupo humano sea conocido no meramente como celtas, sino como celtas címricos, es una hermosa ilustración de cómo puede llegar a persistir un nombre antiguo, porque el término «címrico» (sin su terminación patronímica, C-M-R) no es otra cosa que la forma más antigua «Gomer» muy ligeramente modificada. Esta forma modificada sigue con nosotros en el distrito de Inglaterra conocido como Cumberland.
Una vez más tenemos una ligera variación del nombre original por la introducción de la consonante B, de modo que la tierra de Gomer, «Gomer-land», deviene Cumberland. Para quien no esté familiarizado con cambios etimológicos, la introducción de la B puede parecer extraña, pero no es en absoluto desusada, y se puede encontrar, por ejemplo, en el paso de la forma latina numerus a «nombre» en catalán (número), o «number» en inglés.
Parece que los descendientes de Gomer eran un grupo humano agitado, generalmente en movimiento y sumamente belicosos. Allí donde se establecían, tendían a constituir una especie de aristocracia militar, y cuando emprendían la marcha, difícilmente se les podía detener. En 390 a.C. fueron estos los nómadas que aparecieron en las cercanías de Roma y que saquearon la ciudad. Mientras, en Italia fueron designados como los umbros, nombre en el que de nuevo discernimos la forma original «Gomer», aunque aquí la gutural inicial fue posiblemente sustituida por una H aspirada, y luego abandonada del todo, mientras que la B se insertó exactamente de la misma forma que hemos observado en la palabra «Cumberland».
Pero el registro no está todavía completo, porque Irlanda fue conocida en la antigüedad como Hibernia, y el Mar de Irlanda como el Hibernicus. Hibernia ha cambiado la gutural inicial con una H, y la M se ha transformado en V, lo mismo que el término Hibernicus. Estos son cambios comúnmente observados dentro de la familia de lenguas indoeuropeas. Por ejemplo, la simple forma «Paul» aparece en castellano como Pablo.

También en la versión griega Septuaginta de Génesis 10:28 el Ebal hebreo aparece como Eual. Y Nicolaus aparece en el libro hebreo de oraciones (Aboda Zara) como Nicholabus.
Así, los hijos de Gomer y sus descendientes entraron profundamente en Europa, donde, a pesar de su separación tanto en el tiempo como en el espacio, el nombre de su antiguo antecesor quedó preservado entre ellos. Desde luego, es incluso posible de que el mismo nombre de Germania (Alemania) nos preserve el nombre de Gomer en una forma ligeramente cambiada, aunque la aseveración hecha por ciertos historiadores alemanes de que los teutones representen la línea gomérica pura (aseveración que según ellos explica la naturaleza guerrera del pueblo alemán) es muy improbable, y es contradicha por prácticamente todos los etnólogos modernos.
Solo para completar el registro, se puede observar adicionalmente que los galeses se designan a sí mismos como Cymri, y que en Dinamarca encontramos un puerto que originalmente se llamaba Cimbrishavn, y que para nosotros sería el Puerto de Cimbri. Jutlandia era también conocida como Chersonesus Cimbrica. Parece que apenas si se encuentra alguna parte de Europa que no fuese, en uno u otro tiempo, ocupada por los descendientes de Gomer, y algunas regiones de manera destacada Francia y las Islas Británicas fueron en el pasado habitadas por un pueblo homogéneo que hablaba una lengua parecida al moderno cúmbrico.

Continuará... Los descendientes de Gomer fueron Askenaz, Rifat y Togarma.

Extracto: El Origen de las Naciones
Arthur C. Custance, M.A., Ph. D.†

6/9/16

Jafet (Hijo de Noé)


Los descendientes de Noé fueron Jafet, Cam y Sem. Muchos de los que lean este capítulo formarán parte de la familia indoeuropea de naciones, de quienes se puede demostrar que el “padre” fue Jafet.

Es bien sabido que el nombre de Jafet ha quedado preservado en ambas ramas de la familia aria, que se escindió en época muy temprana en dos divisiones principales y se asentó en Europa y en la India. Los griegos, por ejemplo, se remontan a Japeto, nombre que es indudablemente el mismo, y que en griego no significa nada. En cambio, sí que tiene significado en hebreo.
En la obra Las Nubes, de Aristófanes, se hace referencia a “iapetos” como uno de los Titanes y padre de Atlas. Los griegos lo consideraban no meramente como el propio antecesor de ellos sino como el padre de la raza humana. Según la tradición de ellos, Urano y Gea (esto es, el cielo y la tierra) tuvieron seis hijos y seis hijas, pero de esta familia solo uno de ellos, llamado Japeto, tuvo descendencia humana. Se casó con Clímene, hija de Océano, que le dio un hijo llamado Prometeo y otros tres hijos.
Prometeo engendró a Deucalión, y este engendró a Heleno, considerado el padre de los helenos o griegos. Si pasamos algo más adelante, veremos que Heleno mismo tuvo un nieto llamado ión, y en la poesía de Homero los griegos se designan de forma común como jonios.
Al mismo tiempo, la rama india de esta familia aria también se remontaba al mismo nombre.
En el relato indio del diluvio se conoce a Noé como Satyaurata, el mayor de los cuales se llamaba Jyapeti. Los otros dos se llamaban Sharma y C’harma (¿Sem y Cam?). Al primero le asignó todas las regiones al norte del Himalaya, y a Sharma le dio el país del sur. Pero a C’harma lo maldijo, porque cuando en una ocasión en que el viejo monarca quedó accidentalmente embriagado con un licor fuerte hecho de arroz fermentado, C’harma se había reído de él.
Llegado a este punto, podemos hacer otras dos breves observaciones.
La primera es que los griegos recordaban a tres hermanos, porque Homero pone estas palabras en boca de Poseidón:
Tres somos los hermanos nacidos de Rea y de Cronos: Zeus, yo y el tercero Hades, que reina en los infiernos. El universo se dividió en tres partes para que cada cual imperase en la suya”.
La segunda es que en el primitivo idioma ario, el título Djapatischta significa «cabeza de la raza», título este que se parece sospechosamente a una corrupción de la forma original del nombre «Jafet». Aparte de estas pocas noticias, es poco lo que sabemos de Jafet, excepto que en hebreo su nombre significa probablemente «rubio».
Pero de sus hijos sabemos mucho más. Se da una lista de ellos en Génesis 10 como Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras.

Noé había anunciado que Dios ensancharía a Jafet (Génesis 9:27). Parece que este ensanchamiento comenzó en época muy temprana de la historia de Jafet, pero ha sido un proceso continuado y que ha tenido lugar en cada parte del mundo, con la excepción del Lejano Oriente. Los hijos de Jafet han tendido a extenderse y a multiplicarse a expensas de otros grupos raciales.
Este ensanchamiento no significa que los jafetitas fuesen los primeros en migrar lejos, porque, allí donde llegaron, fuese en tiempos prehistóricos o históricos, habían sido precedidos por colonos más tempranos cuyo origen racial no era indoeuropeo.

Esta dinámica de asentamientos de las áreas habitables del mundo ha tenido profundas consecuencias en el desarrollo de la civilización. Mientras tanto, ha quedado establecido por muchas líneas de evidencia que los nombres que aparecen en Génesis 10:1-5 designan los de personas reales, cuyas familias llevaron consigo reminiscencias claramente reconocibles (aunque a menudo de forma corrompida) de sus respectivos antecesores, de modo que han sobrevivido hasta nuestros días, y todavía manteniendo el tipo de relaciones que se implican en la antigua Tabla de las Naciones. Incluso el nombre patriarcal queda a menudo preservado de manera inequívoca.

Extracto: El Origen de las Naciones  
Arthur C. Custance, M.A., Ph. D.†

BIBLIOGRAFÍA GENERAL
Las siguientes enciclopedias bíblicas contienen una valiosa información acerca de la Tabla como un todo, o acerca de los personajes que se mencionan:
International Standard Bible Encyclopedia, editada por James Orr, 5 vols., Chicago, Howard-Severance, 1915, bajo «Table of Nations».
Imperial Bible Dictionary, editado por P. Fairbairn, 2 vols. Londres, Blackie and Son, 1866, bajo los nombres individuales.
Popular and Critical Bible Dictionary, editado por S. Fallows, 3 vols., Chicago,
Howard-Severance, 1912, bajo los nombres individuales.
Murray's Illustrated Bible Dictionary, editado por W. C. Piercy,1 vol., Londres, Murray, 1908, bajo los nombres individuales.
A Dictionary of the Bible, editado por J. D. Davis, Philadelphia, Westminster Press, 1931, bajo los nombres individuales.
Bible Cyclopedia, A. R. Fausset, Toronto, Funk and Wagnalls, sin fecha, bajo los nombres individuales.
Cyclopedia of Biblical Literature, John Kitto, 2 vols., Edimburgo, Adam and Charles Black, 1845, bajo los nombres individuales.
Obras que tratan específicamente acerca de la Tabla:
Josefo, Antigüedades de los Judíos, Libro 1. Capítulo 6. Rawlinson, George, The Origin of Nations, Scribner, New York, 1878, 272 pages.
Rouse, Martin L., «The Bible Pedigree of the Nations of the World», Pt. 1, Transactions of the Victoria Institute, vol. 38, 1906, p. 123-153; y «The Pedigree of the Nations», Pt. 2, Transactions of the Victoria Institute, vol.39, 1907, p. 83-101.
Sayce, A. H., The Races of the Old Testament, Londres, Religious Tract Society, 1893, 180 pages.
Se encontrará una útil información en los lugares apropiados en comentarios y ediciones del texto hebreo por Bullinger, Cook, Dillmann, Dod, Driver, Ellicott, Gray y Adams, Greenwood, Jamieson, Kalisch, Lange, Leupold, Lloyd, Schrader, Skinner, Snaith, Spurrel, Whitelaw.

Obras de arqueología como las de George Barton, J. P. Free, M. R. Unger, T. G. Pinches, R. D. Wilson, y A. H. Sayce.

29/8/16

Historia de la Atlántida (III)

Cuarto.
Ninguna cosa parece haber sorprendido más a los primeros aventureros españoles en México y en el Perú, que la extraordinaria semejanza de las creencias, ritos y emblemas religiosos que allí encontraron establecidos, con los del Viejo Continente.
Los sacerdotes españoles consideraron esta semejanza como obra del diablo. La adoración de la cruz por los naturales, y su constante presencia así en los edificios religiosos, como en las ceremonias, fue el motivo principal de su asombro; ya la verdad, en ninguna parte, ni siquiera en la India y en Egipto, fue este símbolo tenido en mayor veneración que entre las tribus primitivas del continente americano, siendo la misma la significación que encerraba su culto.
En Occidente, como en Oriente, la cruz era el símbolo de la vida: a veces de la vida física; con más frecuencia, de la vida eterna.
Del mismo modo era universal en ambos hemisferios la adoración del disco del solo círculo y de la serpiente, y aún más sorprendente es la semejanza de la palabra que significa “Dios” en los principales idiomas orientales y occidentales. Compárese el Dyaus o Dyaus-Pitar, sánscritos; el Theos y Zeus, griegos; el Deus y Júpiter, latinos; el Día y Ta, celtas (el último pronunciado Zia, y al parecer afin al Tau egipcio); el Jah o Zrh judíos, y, últimamente el Teo o Zeo mexicanos.

Todas las naciones practicaban ritos bautismales. En Babilonia y Egipto los candidatos a la iniciación en los misterios eran primeramente bautizados.
Tertuliano, en su tratado De Baptismo, dice que se les prometía como consecuencia «la regeneración y el perdón de todos sus perjurios».
Las naciones escandinavas bautizaban a los recién nacidos; y si pasamos a México y al Perú, encontraremos el bautismo de los niños como ceremonia solemne, consistente en aspersiones de agua, aplicación de la señal de la cruz y recitación de plegarias para limpiarles de pecado (Mexican Researches, de Humbolt, y Mexico, de Prescott).
Además del bautismo, las tribus de México, de la América Central y del Perú se parecían a las naciones del Viejo Mundo por sus ritos de la confesión, la absolución, el ayuno y el matrimonio con la unión de manos ante el sacerdote.
Tenían también una ceremonia semejante a la comunión, en que se consumía una pasta de harina, marcada con la Tau (forma egipcia de la cruz), y a la que el pueblo llamaba la carne de su Dios. Ésta, a manera de hostia, guardaba exacto parecido con las tortas sagradas de Egipto y de otras naciones orientales. También, a semejanza de estas naciones, los pueblos del Nuevo Continente tenían órdenes monásticas, así de hombres como de mujeres, donde se castigaba con la muerte el quebrantamiento de los votos.
Embalsamaban los cadáveres al modo de los egipcios, y adoraban al sol, la luna y los planetas, pero por cima de todo tributaban culto a una divinidad «Omnipresente, Omnisciente... invisible, incorpórea, un Dios de toda perfección ». (Historia de Nueva España, de Sahagún, libro VI).

Tenían también su Diosa Virgen y madre, «Nuestra Señora», cuyo hijo, el «Señor de Luz» , era llamado, «el Salvador», correspondiendo exactamente a Isis Beltis y las demás diosas vírgenes de Oriente, con sus hijos divinos.
Los ritos de su culto al sol y al fuego, tenían íntimo parecido con los de los primitivos celtas de la Gran Bretaña e Irlanda, y como éstos se creían «hijos del Sol».

El arca o argha fue uno de los símbolos sagrados universales, encontrando así en la India, Caldea, Asiria, Egipto y Grecia, como entre los pueblos celtas.
Lord Kingsborough, en su obra Mexican Antiquities (volumen VIII, pág. 250), dice: «Así como entre los judíos el arca era una especie de altar portátil en que suponían continuamente presente la divinidad, así también los mejicanos, los cheroques y los indios de Michoacan y de Honduras profesaban la mayor veneración a un arca, teniéndola por objeto demasiado sagrado para que pudiese tocarla alguien que no fuese sacerdote».

Por lo que respecta a la arquitectura religiosa, vemos que en los dos lados del Atlántico fue la Pirámide una de las primeras construcciones sagradas. Aun siendo dudoso el empleo a que estos monumentos fueron destinados en su origen, es positivo, sin embargo, que estaban íntimamente relacionados con las ideas religiosas. La identidad de su traza, ya en Egipto, ya en México, o en la América Central, es demasiado chocante para que se le considere como mera coincidencia. La verdad es que algunas de las pirámides americanas, el mayor número son de la forma truncada o aplanada; sin embargo, según Bancroft y otros, muchas de las encontradas en Yucatán, y particularmente las próximas a Palenque, acaban en punta, a la manera egipcia, mientras que hay también en Egipto pirámides del tipo escalonado y aplanado. Cholula ha sido comparada a los grupos de Dachour Sakkara y a la pirámide escalonada de Medourn. Asimismo la orientación la estructura y hasta las galerías y cámaras interiores de estos misteriosos monumentos de Oriente y Occidente, atestiguan que sus constructores se inspiraron al trazarlos en una idea común.
Las grandes ruinas de las ciudades y templos del Yucatán, y aun de todo Méjico, tienen una extraña semejanza con las de Egipto, habiéndose comparado muchas veces las ruinas de Teotihuacan con las de Karnak.
El «falso arco» formado por hileras de piedras horizontales que resaltan ligeramente una de otra, se encuentra construído del mismo modo en la América Central, en los más antiguos edificios de Grecia y en los restos etruscos.
Los constructores de túmulos, así en uno como en otro continente, los hacían similares y colocaban dentro de ellos los cadáveres en idénticos sarcófagos de piedra. Ambos hemisferios tienen también sus grandes montículos espirales; compárese el de Adams Co (Ohio) con el acabado montículo espiral descubierto en Argyleshire, o con el ejemplar menos perfecto de Avebury en Wilts. El tallado y decorado de los templos de América, de Egipto y de la India, tienen mucho de común, y algunas de las decoraciones murales son completamente idénticas.

Quinto.
Sólo nos resta dar un breve resumen de las noticias sacadas de escritores antiguos, de tradiciones de razas primitivas y de las leyendas arcaicas del diluvio.
Eliano, en su Varia historia (lib. III, cap. XVIII), declara que Theopompo (400 años antes de la Era cristiana) daba noticia de una entrevista del Rey de Frigia y Sileno, en que el último hizo referencia a un gran continente más allá del Atlántico, de mayor extensión que Asia, Europa y Libia juntas.
Prodo hace una cita de un antiguo escritor relativa a las islas del mar que está al otro lado de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), y dice que los habitantes de una de ellas tenían la tradición de una isla muy extensa llamada Atlántida, que por mucho tiempo dominó sobre las demás de aquel Océano. Marcelo habla de siete islas del Atlántico cuyos habitantes conservan memoria de otra isla mucho mayor, la Atlántida, «que durante un largo período ejerció soberanía sobre las pequeñas».
Diodoro Siculo refiere que los fenicios descubrieron «una gran isla en el Océano Atlántico, más allá de las columnas de Hércules, a algunos días de navegación de la costa de Africa» .
Pero la mayor autoridad en el asunto es la de Platón. En el Timeo alude a la isla continente; mas el Critias o Atlántico viene a ser la relación detallada de la historia, artes, usos y costumbres de aquel pueblo.
En el Timeo hace referencia a «un inmenso poder guerrero que, lanzándose desde el mar Atlántico, se extendió con furia por toda Europa y Asia. Pues por este tiempo aquel Océano era navegable y había en él una isla frente a la embocadura que llamáis columnas de Hércules. Pero esta isla era más grande que la Libia y el Asia juntas, y daba fácil acceso a otras islas vecinas, siendo igualmente fácil pasar de estas últimas a todos los continentes que baña el mar Atlántico» .
Es tanto el valor del Critias, que no se sabe qué escoger en él. Pero tiene especial interés el siguiente párrafo, por referirse a los recursos materiales de aquel país: «Estaban igualmente provistos así en su ciudad como en cualquier otro punto, de todo lo apetecible para los usos de la vida. Se surtían ciertamente de muchas cosas en otras comarcas, por razón de ser extenso su imperio; pero la isla les suministraba la mayor parte de lo que necesitaban. En primer lugar, sacaban de sus minas los metales y los fundían; y el oricaldo que hoy rara vez se menciona, era entre ellos muy celebrado; se sacaba de la tierra en muchas partes de la isla, y se le consideraba como el más precioso de todos los metales, excepto el oro. La isla producía también, en abundancia, maderas de construcción.
Había asimismo sobrados pastos para animales domésticos y selváticos. Existía un prodigioso número de elefantes, pues los pastos eran bastantes a regalar cuanto en lagos, ríos, llanuras y montañas se alimenta. Y de la misma manera había suficiente sustento para la más extensa y más voraz especie de animales. Además de esto, cuanto al presente produce la tierra de oloroso, raíces, yerbas, maderas, jugos, gomas, flores o frutos, todo lo producía la isla y lo producía bien».

Los galos tenían tradiciones de la Atlántida, las cuales fueron recogidas por el historiador romano Timógenes, que vivió en el siglo anterior a Cristo.
Tres pueblos de apariencia distinta habitaban las Galias. Primeramente la población indígena (restos probables de la raza lemura); en segundo lugar, los invasores que procedían de la lejana isla Atlántida, y últimamente los ario-galos (véase Pre-adamites, página 380).

Los toltecas de México se consideraban oriundos de un país llamado Atlan o Aztlan; los aztecas también remontaban su origen a Aztlan (véase Native Races de Bancroft, vol. V, págs, 221 y 321).
El Popul Vuh (pág. 294) habla de una visita que tres hijos del Rey de Quiches hicieron a una tierra «al Este, a orillas del mar, de la cual sus padres habían venido», y de donde aquellos trajeron, entre otras cosas, «un sistema de escritura» (véase también Bancroft, vol. V, pág. 553).
Existe entre los indios de la América del Norte, muy difundida, una leyenda sobre la procedencia de sus antepasados de una tierra «hacia el nacimiento del sol».
Los indios Jowas y Dakotas, según afirma el mayor J. Lind, creían que «todas las tribus indias formaban antiguamente una sola, y que vivieron juntas en una isla... hacia el nacimiento del sol».
Desde allí cruzaron el mar en enormes piraguas, a las cuales los antiguos Dakotas navegaron semanas enteras, ganando al fin la tierra.
Declaran los libros de la América Central, que una parte de aquel continente se extendía mar adentro en el Océano, y que esta región fue destruida por una serie de espantosos cataclismos sucedidos a largos intervalos, de tres de los cuales hacen frecuente referencia (Véase Ancient América, de Waldwin, pág. 176).

Es curiosa la confirmación de esta creencia por la leyenda de los celtas de Bretaña, que presentaba a su país extendiéndose antiguamente por el Atlántico, y luego destruido. Tres catástrofes se mencionan en las tradiciones de Gales.

De la divinidad mexicana, Quetzalcoatl se creía que vino del “lejano Oriente”. Se le representaba como un hombre blanco de luenga barba (nótese que los indios americanos no tienen barba). Este Dios les enseñó la escritura y reguló el calendario mexicano.
Después de haberles aleccionado en las artes pacificas se embarcó de nuevo en dirección al Este en una canoa de piel de serpiente (véase North American of Antiquity de Short, págs. 268 y 271). La misma historia se hacía de Zamna, civilizador del Yucatán.

Sólo queda por tratar la maravillosa uniformidad de las leyendas del diluvio en todas las partes del mundo. Que aquellas sean versiones arcaicas de la historia de la perdida Atlántida y de su hundimiento, o ecos de una gran alegoría cósmica, un tiempo enseñada y tenida en veneración en algún centro común, desde el cual se difundiera a todos los confines del mundo.
Basta para nuestro objeto mostrar la aceptación universal de estas leyendas. Ocioso seria repetir las historias del diluvio una por una; es suficiente decir que en la India, en Caldea, Babilonia, Media, Grecia, Escandinavia y China, así como entre judíos y celtas, la leyenda es completamente idéntica en todo lo esencial.

Los hechos expuestos no son fruto de presunciones o conjeturas, sino que han sido sacados de anales contemporáneos, formados y transmitidos a través de las edades. Los anales auténticos están a disposición de los investigadores debidamente calificados y aquellos que se hallen dispuestos a adquirir la enseñanza necesaria, pueden comprobarlos y cotejarlos. Entre los documentos hay mapas del mundo en diversos períodos de su historia, representan a la Atlántida y tierras circunvecinas en diferentes épocas de su historia. Estas épocas corresponden aproximadamente a los períodos comprendidos entre las catástrofes dichas, y dentro de estos períodos, representados por cuatro mapas, se agrupan los acontecimientos de la raza atlante.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

23/8/16

Historia de la Atlántida (II)

Tercero.
La lengua y los tipos étnicos:

La lengua euskera permanece aislada entre los idiomas europeos, sin tener afinidad con ninguno de ellos. Según Farrar, «nunca ha sido dudoso que este lenguaje, que conserva su identidad en un rincón occidental de Europa, en medio de dos poderosos reinos, se parece en su estructura a los idiomas aborígenes del continente frontero (América) y a ellos solamente (Families of Speech, pág. 132).
Los fenicios fueron, al parecer, los primeros que usaron en el hemisferio oriental un alfabeto fonético, cuyos caracteres son meros signos de los sonidos. Es un hecho curioso el que en una edad tan remota se encuentre también un alfabeto fonético en la América central, entre los Mayas del Yucatán, cuyas tradiciones referían el origen de su cultura a un país del oriente, allende el mar.
Le Plongeon, gran autoridad en el asunto, escribe: «Una tercera parte de este idioma (el Maya) es puro griego. ¿Quién llevó la lengua de Homero a América, o quién trajo a Grecia la de los Mayas?... El griego es un vástago del sánscrito. ¿Lo es el Maya, o son coetáneos?».
Aún más sorprendente es que trece letras del alfabeto Maya tengan una relación muy clara con los signos jeroglíficos de Egipto correspondientes a las mismas letras. Es probable que la primitiva forma del alfabeto fuese la jeroglífica, “la escritura de los dioses”, según la llamaban los egipcios, y que más tarde se convirtió en la Atlántida, en fonética.
Natural sería suponer que los egipcios fueron una colonia muy antigua de los atlantes (y así lo fueron en realidad), y que llevaron consigo el tipo primitivo de la escritura, que de este modo ha dejado sus huellas en ambos hemisferios, mientras que los fenicios, que eran gente marinera, adquirieron y se asimilaron la última forma de su alfabeto en su comercio con los pueblos del Occidente.

Un punto más debe notarse, es la extraordinaria semejanza entre muchas palabras del hebreo y las voces que tienen precisamente el mismo significado en el idioma de los chapenecas, rama de la raza Maya y de las más antiguas de la América central. Una lista de estas voces aparece en la pág. 475 de North Americans of Antiquity.
La semejanza de lenguaje de varias razas salvajes de las islas del Pacífico se ha empleado como argumento por escritores en esta materia. La existencia de idiomas similares hablados por razas separadas por muchas leguas de mar, a través del cual no se les ha conocido comunicación en tiempos históricos, es ciertamente un argumento en favor de su descendencia de una raza única
que ocupara un solo continente; mas este argumento no puede ser aplicado a nuestro propósito, porque el continente de que dichas islas formaron parte no fue la Atlántida, sino Lemuria, más antiguo aún.

Tipos étnicos:
La Atlántida, como veremos, se dice que fue habitada por razas rojas, amarillas, blancas y negras. Ahora bien; las investigaciones de Le Plongeon, de Quatrefages, de Bancroft y otros, han mostrado que las poblaciones oscuras del tipo negro africano existían aun en tiempos muy recientes en América. Muchos de los monumentos de la América Central presentan en su decorado semblantes de negros, y muchos de los ídolos allí encontrados son indudables representaciones de hombres de esta raza, con sus cráneos pequeños, gruesos labios y su cabello corto y lanudo.
El Popul Vuh, hablando de la primera morada de la raza guatemalteca, dice:
«hombres negros y blancos juntamente» vivían en esta tierra feliz, en gran paz, hablando una misma lengua». (Véase Native Races, de Bancroft, pág. 547).
El Popol Vuh continúa refiriendo cómo aquel pueblo emigró del país de sus abuelos; cómo llegó a alterarse su lenguaje, y cómo algunos pasaron al Este mientras otros se trasladaron al Oeste (América Central) .

El profesor Retzius, en su Smithsonian Report , considera que los primitivos dolicocéfalos de América están íntimamente relacionados con los guanches de las islas Canarias y con la población de la costa africana del Atlántico, población a la cual Latham designa con el nombre de egipcio-atlante. La misma forma de cráneo se encuentra en las islas Canarias, al lado de la costa de África, que en las islas Caribes, junto a la costa americana, y el color de la piel es en ambas poblaciones rojizo oscuro.
Los antiguos egipcios se representaban a sí mismos como hombres rojos, del mismo aspecto que hoy se ve en algunas tribus de indios americanos.
«Los antiguos peruanos -dice Sholt- parece que fueron una raza de cabello castaño, a juzgar por las numerosas muestras de pelo encontradas en sus tumbas» .
Hay un hecho notable a propósito de estos pueblos de América, el cual es un enigma indescifrable para los etnólogos, y es la muchedumbre de colores y aspectos, que entre ellos se encuentra.
Desde la blancura de las tribus menominea, dacota, mandana y zuni, en las cuales abundan los tipos de cabello castaño y ojos azules, hasta la obscuridad, que casi se confunde con las del negro africano, de los karos de Kansas, y de las ya extinguidas tribus de California, las razas indias presentan todos los matices: rojo oscuro, cobrizo, aceitunado, cinamomo y bronco.
La variedad de color, en el continente americano, se explica por los colores de las razas originales del continente atlante, de donde son oriundos los pueblos del Nuevo Mundo.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

16/8/16

Historia de la Atlántida (I)

La destrucción de la Atlántida ocurrió por una serie de catástrofes cuyo carácter varió desde los grandes cataclismos en que perecieron poblaciones y territorios enteros, hasta los hundimientos de terreno, relativamente sin importancia e igual a los que hoy suceden en nuestras costas.
Una vez iniciada la destrucción por la gran catástrofe primera, los hundimientos parciales continuaron sin interrupción deshaciendo el continente con acción lenta, pero segura.

Hubo cuatro grandes catástrofes superiores a las demás en intensidad:
La primera acaeció en la edad miocena, hace unos 800.000 años.
La segunda, que fue de menor importancia, sucedió hace unos 200.000 años.
La tercera, hace 80.000 años, fue muy grande; destruyó todo lo que quedaba del continente Atlante, a excepción de la isla a la que Platón dio el nombre de Poseidón, la cual a su vez, se sumergió en la cuarta y última gran catástrofe, 9.564 años antes de la Era cristiana.

El testimonio de los más antiguos escritores y las investigaciones científicas modernas afirman la existencia de un antiguo continente que ocupaba el lugar de la perdida Atlántida, conviene ver las fuentes generalmente conocidas que suministran pruebas de lo dicho. Estas pueden agruparse en cinco clases:
- Los datos aportados por los sondeos del mar.
- La distribución de la fauna y de la flora.
- Las semejanzas de lenguaje y tipo etnográfico.
- Semejanza de arquitectura, creencias y ritos religiosos.
- Testimonio de los antiguos escritores, de las tradiciones antiguas de las razas y de las leyendas arcaicas sobre el diluvio.

Primero.
Las expediciones de los cañoneros inglés y norteamericano Challenger y Dolphin principalmente (aunque Alemania se asoció también a esta exploración científica), el fondo de todo el Océano Atlántico está hoy trazado en mapas, resultando que existe un inmenso banco o sierra de gran elevación en medio de este mar. Esta cordillera se extiende en dirección Sudoeste desde los 50° Norte hacia la costa de la América meridional, desde donde cambia en dirección Sudeste hacia las costas de Africa, cambiando de nuevo de dirección en los alrededores de la isla de la Ascensión, y enderezándose hacia el Sur rectamente hacia las islas de Tristán de Acunha. Este banco se levanta súbitamente 9.000 pies del fondo de las profundidades que le rodean y las Azores, San Pablo, Ascensión y las islas de Tristán de Acunha son los picos de esta elevación de terreno que aún permanecen sobre el agua.
Se necesita una cuerda de 3.500 brazas (21.000 pies) para sondar las partes más profundas del Atlántico, mientras que las más elevadas del banco referido están solamente a ciento o unos cuantos cientos de brazas debajo del agua.
El sondeo muestra también que la cordillera está cubierta de restos volcánicos, de los cuales se encuentran huellas atravesando el Océano hacia las costas americanas. Las investigaciones hechas durante la exploración aludida, han probado de un modo concluyente que el lecho del Océano, particularmente en la proximidad de las Azores, ha experimentado perturbaciones volcánicas de una proporción gigantesca en períodos geológicos que pueden determinarse.

Mr. Starkie Gardner opina que en el período eoceno formaban las islas británicas parte de una gran isla o continente, que se extendía hacia el Atlántico, y que “un tiempo existió una gran extensión de tierra firme, donde ahora hay mar, de cuyas más elevadas cimas son restos Cornwall, el Scilly, las islas del Canal, Irlanda y la Gran Bretaña”.

Segundo.
Es un enigma para los biólogos y botánicos la existencia de especies similares o idénticas de la fauna y de la flora en continentes separados por los grandes mares. Y si alguna vez estuvieron estos continentes unidos de modo que fuese posible la natural emigración de tales plantas y animales, el enigma quedaría aclarado. Ahora bien; los restos fósiles del camello se encuentran en la India, en Africa, en la América del Sur y en Kansas; mas es hipótesis generalmente aceptada por los naturalistas, que todas las especies de animales y plantas son oriundas de una sola parte del globo, desde la cual, como centro, se han esparcido por las demás.
¿Cómo puede explicarse la situación de tales restos fósiles sin la existencia de una comunicación terrestre en una remota edad?
Recientes descubrimientos verificados en los yacimientos de Nebraska, parecen también demostrar que el caballo tuvo su origen en el hemisferio occidental, pues sólo en aquella parte del mundo se han encontrado restos fósiles que ponen de manifiesto las diversas formas intermedias identificadas como precursoras del actual caballo. Sería, pues, difícil explicar la presencia del caballo en Europa, sin la hipótesis de continuas comunicaciones terrestres entre los dos continentes, puesto que es cosa cierta que el caballo existía en estado salvaje en Europa y en Asia antes de que fuese domesticado por el hombre, lo cual tuvo lugar casi en la Edad de Piedra.
El ganado lanar y el vacuno, tales como los conocemos hoy, tienen igualmente un abolengo remoto. Darwin opina que había en Europa, en el primer período de la Edad de Piedra, ganado vacuno domesticado, el cual procedía de tipos salvajes de la familia del búfalo de América.
También existen en el Norte de América restos del león de las cavernas de Europa.

Pasando del reino animal al vegetal, se observa que la mayor parte de la flora del período mioceno de Europa que se encuentra principalmente en los yacimientos fósiles de Suiza existe al presente en América y algunas especies en Africa; pero el hecho notable, a propósito de América, es que mientras se halla dicha flora en gran proporción en los Estados Orientales, faltan muchas especies en las costas del Pacífico. Esto parece mostrar que entraron en aquel continente por el lado del Atlántico.

El profesor Wallace, en su interesante obra Island Life, así como otros escritores en muchas obras importantes, han emitido ingeniosas hipótesis para explicar la identidad de la flora y de la fauna en territorios muy apartados unos de otros, y el transporte de las especies a través del Océano, pero sus razones no son convincentes y fallan en diferentes puntos.
Es cosa sabida que el trigo, tal cual le conocemos, no ha existido jamás en verdadero estado silvestre, ni hay prueba alguna por donde rastrear su descendencia de especies fósiles. Cinco variedades de trigo se cultivaban ya en Europa en la Edad de Piedra, una de las cuales, encontrada en las moradas lacustres, se conoce por trigo de Egipto; de lo cual deduce Darwin que los habitantes de los lagos, o sostenían tráfico aún con algún pueblo meridional, o procedían originariamente del Sur como colonizadores; y concluye que el trigo, la cebada, la avena, viene de diversas especies ya extinguidas, o tan enteramente distintas de aquellas, que no permiten su identificación, por lo que dice: «El hombre debe de haber cultivado los cereales desde un período enormemente remoto».
Las regiones donde estas especies extintas florecieron y la civilización bajo la cual fueron cultivadas por una selección inteligente, nos las suministra el continente perdido, cuyos emigrantes las llevaron a Oriente y Occidente.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

6/8/16

Razas Gigantes

¿SON LOS GIGANTES UNA FICCIÓN?
En este punto chocamos con la Ciencia, la cual niega hasta ahora que el hombre haya sido nunca mucho mayor que el término medio de los hombres altos y fuertes que actualmente se encuentran.

En 1613, en una localidad llamada desde tiempo inmemorial el “Campo de los Gigantes” en el bajo Dauphiné, Francia, a cuatro millas de Saint Romans, se encontraron unos huesos enormes profundamente enterrados en el suelo arenoso, las investigaciones posteriores de Cuvier probaron que eran restos fósiles del Dinoterio gigante, de 18 pies de largo.
El húngaro que se exhibía en el Pabellón de Londres tenía cerca de 9 pies. En América se exhibía otro gigante de 9 pies y 6 pulgadas de alto; el Danilo montenegrino tenía 8 pies 7 pulgadas. En Rusia y en Alemania se ven a menudo hombres de más de 7 pies entre las clases sociales inferiores.

¿Y de dónde procede el testimonio de escritores clásicos bien conocidos, de filósofos y de hombres que jamás han tenido reputación de mentir?
Tengamos en cuenta que antes del año 1847 en que Boucher de Perthes lo impuso a la atención de la Ciencia, apenas si se conocía algo del hombre fósil; pues la Arqueología ignoraba complacientemente su existencia. De los gigantes que habitaban la tierra en aquellos días antiguos, sólo la Biblia había hablado a los sabios de Occidente; siendo el Zodíaco el testigo solitario llamado a corroborar tal declaración, en las personas de Orión y Atlas, cuyos hombros poderosos se decía que sostenían al mundo. Sin embargo, los gigantes se han quedado sin sus testigos, y pueden examinarse los dos aspectos de la cuestión. Las tres Ciencias, la geológica, la sidérea y la escritural (esta última en su carácter universal), pueden proporcionarnos las pruebas necesarias. Principiando con la Geología, ésta ha confesado ya que mientras más antiguos son los esqueletos excavados, tanto más grande, más alta y más poderosa es su estructura.
Federico Reougemont, que, aunque cree demasiado piadosamente en la Biblia y en el Arca de Noé, no es por eso menos científico, escribe: Todos esos huesos encontrados en los Departamentos de Gard, en Austria, en Lieja, etc.; esos cráneos que recuerdan todos el tipo del negro... y que por razón de su tipo pudieran tomarse equivocadamente por animales, han pertenecido todos a hombres de alta estatura. Lo mismo dice Lartet, autoridad que atribuye una “alta estatura” a los que fueron sumergidos en el Diluvio -no necesariamente el de Noé- y una estatura más pequeña a las razas que vivieron posteriormente.

En cuanto a la evidencia que proporcionaban los escritores antiguos, Tertuliano nos asegura que en su tiempo había en Cartago cierto número de gigantes, aunque antes de poder aceptar su testimonio, tendría que probarse su existencia real. Podemos, sin embargo, dirigirnos a los periódicos de 1858, que hablan de un “sarcófago de gigante” encontrado en el citado año, en el sitio ocupado por aquella ciudad. En cuanto a los antiguos escritores paganos, tenemos el testimonio de Filostrato, que habla de un esqueleto de gigante de 22 codos de largo, así como también de otro de 12 codos, vistos por él mismo en el promontorio de Sigeo. Este esqueleto puede quizás no haber pertenecido, como creía Protesilas, al gigante muerto por Apolo en el sitio de Troya; sin embargo, era de un gigante, como lo era aquel otro descubierto por Messecrates de Stira, en Lemnos, “horrible de contemplar”, según Filostrato.
¿Es posible que los prejuicios lleven a la ciencia al extremo de clasificar a todos estos hombres como necios o como embusteros?
Plinio habla de un gigante en quien creyó reconocer a Orión, u Oto, el hermano de Ephialtes. Plutarco declara que Sertorio vio la tumba de Anteo, el Gigante; y Pausanias atestigua la existencia real de las tumbas de Asterio y de Gerion, o de Hilo, hijo de Hércules -todos Gigantes, Titanes y hombres poderosos- . Finalmente, el Abate Pegues afirma, en su curiosa obra Les Volcans de la Grèce, que: En la vecindad de los volcanes de la isla de Tera se encontraron gigantes con cráneos enormes, que yacían bajo piedras colosales, cuya erección, en todos los sitios, ha debido de exigir el uso de fuerzas titánicas, y que la tradición asocia, en todos los países, con las ideas sobre los gigantes, los volcanes y la magia.
En la misma obra antes citada, el autor se pregunta por qué en la Biblia y en la tradición, los Gibborim, los gigantes o “poderosos”, los Rephaim, espectros o “fantasmas”; los Nephilim, los “caídos”, se nos presentan como idénticos, aunque son “todos hombres”, puesto que la Biblia los llama los primitivos y los poderosos, verbigracia, Nimrod.

La Doctrina Secreta explica el misterio. Estos nombres, que pertenecen de derecho sólo a las cuatro Razas precedentes y a los primeros principios de la Quinta, aluden muy claramente a las primeras dos Razas Fantasmas (Astrales), a la Raza “Caída” -la Tercera, y a los Gigantes Atlantes-, la Cuarta, después de la cual “principiaron los hombres a decrecer en estatura”.

Sólo en la Cuarta Raza fue cuando los hombres, que habían perdido todo derecho a ser considerados divinos, apelaron al culto del cuerpo, en otras palabras, al falicismo. Hasta entonces habían sido verdaderamente Dioses, tan puros y divinos como sus Progenitores; y la expresión de la “Serpiente” alegórica, no se refiere en modo alguno a la “Caída” fisiológica de los hombres, sino a su adquisición del conocimiento del Bien y del Mal; y este conocimiento les vino prior a su caída.

Extracto: La Doctrina Secreta Vol. III - H.P. Blavatsky
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