29/8/16

Historia de la Atlántida (III)

Cuarto.
Ninguna cosa parece haber sorprendido más a los primeros aventureros españoles en México y en el Perú, que la extraordinaria semejanza de las creencias, ritos y emblemas religiosos que allí encontraron establecidos, con los del Viejo Continente.
Los sacerdotes españoles consideraron esta semejanza como obra del diablo. La adoración de la cruz por los naturales, y su constante presencia así en los edificios religiosos, como en las ceremonias, fue el motivo principal de su asombro; ya la verdad, en ninguna parte, ni siquiera en la India y en Egipto, fue este símbolo tenido en mayor veneración que entre las tribus primitivas del continente americano, siendo la misma la significación que encerraba su culto.
En Occidente, como en Oriente, la cruz era el símbolo de la vida: a veces de la vida física; con más frecuencia, de la vida eterna.
Del mismo modo era universal en ambos hemisferios la adoración del disco del solo círculo y de la serpiente, y aún más sorprendente es la semejanza de la palabra que significa “Dios” en los principales idiomas orientales y occidentales. Compárese el Dyaus o Dyaus-Pitar, sánscritos; el Theos y Zeus, griegos; el Deus y Júpiter, latinos; el Día y Ta, celtas (el último pronunciado Zia, y al parecer afin al Tau egipcio); el Jah o Zrh judíos, y, últimamente el Teo o Zeo mexicanos.

Todas las naciones practicaban ritos bautismales. En Babilonia y Egipto los candidatos a la iniciación en los misterios eran primeramente bautizados.
Tertuliano, en su tratado De Baptismo, dice que se les prometía como consecuencia «la regeneración y el perdón de todos sus perjurios».
Las naciones escandinavas bautizaban a los recién nacidos; y si pasamos a México y al Perú, encontraremos el bautismo de los niños como ceremonia solemne, consistente en aspersiones de agua, aplicación de la señal de la cruz y recitación de plegarias para limpiarles de pecado (Mexican Researches, de Humbolt, y Mexico, de Prescott).
Además del bautismo, las tribus de México, de la América Central y del Perú se parecían a las naciones del Viejo Mundo por sus ritos de la confesión, la absolución, el ayuno y el matrimonio con la unión de manos ante el sacerdote.
Tenían también una ceremonia semejante a la comunión, en que se consumía una pasta de harina, marcada con la Tau (forma egipcia de la cruz), y a la que el pueblo llamaba la carne de su Dios. Ésta, a manera de hostia, guardaba exacto parecido con las tortas sagradas de Egipto y de otras naciones orientales. También, a semejanza de estas naciones, los pueblos del Nuevo Continente tenían órdenes monásticas, así de hombres como de mujeres, donde se castigaba con la muerte el quebrantamiento de los votos.
Embalsamaban los cadáveres al modo de los egipcios, y adoraban al sol, la luna y los planetas, pero por cima de todo tributaban culto a una divinidad «Omnipresente, Omnisciente... invisible, incorpórea, un Dios de toda perfección ». (Historia de Nueva España, de Sahagún, libro VI).

Tenían también su Diosa Virgen y madre, «Nuestra Señora», cuyo hijo, el «Señor de Luz» , era llamado, «el Salvador», correspondiendo exactamente a Isis Beltis y las demás diosas vírgenes de Oriente, con sus hijos divinos.
Los ritos de su culto al sol y al fuego, tenían íntimo parecido con los de los primitivos celtas de la Gran Bretaña e Irlanda, y como éstos se creían «hijos del Sol».

El arca o argha fue uno de los símbolos sagrados universales, encontrando así en la India, Caldea, Asiria, Egipto y Grecia, como entre los pueblos celtas.
Lord Kingsborough, en su obra Mexican Antiquities (volumen VIII, pág. 250), dice: «Así como entre los judíos el arca era una especie de altar portátil en que suponían continuamente presente la divinidad, así también los mejicanos, los cheroques y los indios de Michoacan y de Honduras profesaban la mayor veneración a un arca, teniéndola por objeto demasiado sagrado para que pudiese tocarla alguien que no fuese sacerdote».

Por lo que respecta a la arquitectura religiosa, vemos que en los dos lados del Atlántico fue la Pirámide una de las primeras construcciones sagradas. Aun siendo dudoso el empleo a que estos monumentos fueron destinados en su origen, es positivo, sin embargo, que estaban íntimamente relacionados con las ideas religiosas. La identidad de su traza, ya en Egipto, ya en México, o en la América Central, es demasiado chocante para que se le considere como mera coincidencia. La verdad es que algunas de las pirámides americanas, el mayor número son de la forma truncada o aplanada; sin embargo, según Bancroft y otros, muchas de las encontradas en Yucatán, y particularmente las próximas a Palenque, acaban en punta, a la manera egipcia, mientras que hay también en Egipto pirámides del tipo escalonado y aplanado. Cholula ha sido comparada a los grupos de Dachour Sakkara y a la pirámide escalonada de Medourn. Asimismo la orientación la estructura y hasta las galerías y cámaras interiores de estos misteriosos monumentos de Oriente y Occidente, atestiguan que sus constructores se inspiraron al trazarlos en una idea común.
Las grandes ruinas de las ciudades y templos del Yucatán, y aun de todo Méjico, tienen una extraña semejanza con las de Egipto, habiéndose comparado muchas veces las ruinas de Teotihuacan con las de Karnak.
El «falso arco» formado por hileras de piedras horizontales que resaltan ligeramente una de otra, se encuentra construído del mismo modo en la América Central, en los más antiguos edificios de Grecia y en los restos etruscos.
Los constructores de túmulos, así en uno como en otro continente, los hacían similares y colocaban dentro de ellos los cadáveres en idénticos sarcófagos de piedra. Ambos hemisferios tienen también sus grandes montículos espirales; compárese el de Adams Co (Ohio) con el acabado montículo espiral descubierto en Argyleshire, o con el ejemplar menos perfecto de Avebury en Wilts. El tallado y decorado de los templos de América, de Egipto y de la India, tienen mucho de común, y algunas de las decoraciones murales son completamente idénticas.

Quinto.
Sólo nos resta dar un breve resumen de las noticias sacadas de escritores antiguos, de tradiciones de razas primitivas y de las leyendas arcaicas del diluvio.
Eliano, en su Varia historia (lib. III, cap. XVIII), declara que Theopompo (400 años antes de la Era cristiana) daba noticia de una entrevista del Rey de Frigia y Sileno, en que el último hizo referencia a un gran continente más allá del Atlántico, de mayor extensión que Asia, Europa y Libia juntas.
Prodo hace una cita de un antiguo escritor relativa a las islas del mar que está al otro lado de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), y dice que los habitantes de una de ellas tenían la tradición de una isla muy extensa llamada Atlántida, que por mucho tiempo dominó sobre las demás de aquel Océano. Marcelo habla de siete islas del Atlántico cuyos habitantes conservan memoria de otra isla mucho mayor, la Atlántida, «que durante un largo período ejerció soberanía sobre las pequeñas».
Diodoro Siculo refiere que los fenicios descubrieron «una gran isla en el Océano Atlántico, más allá de las columnas de Hércules, a algunos días de navegación de la costa de Africa» .
Pero la mayor autoridad en el asunto es la de Platón. En el Timeo alude a la isla continente; mas el Critias o Atlántico viene a ser la relación detallada de la historia, artes, usos y costumbres de aquel pueblo.
En el Timeo hace referencia a «un inmenso poder guerrero que, lanzándose desde el mar Atlántico, se extendió con furia por toda Europa y Asia. Pues por este tiempo aquel Océano era navegable y había en él una isla frente a la embocadura que llamáis columnas de Hércules. Pero esta isla era más grande que la Libia y el Asia juntas, y daba fácil acceso a otras islas vecinas, siendo igualmente fácil pasar de estas últimas a todos los continentes que baña el mar Atlántico» .
Es tanto el valor del Critias, que no se sabe qué escoger en él. Pero tiene especial interés el siguiente párrafo, por referirse a los recursos materiales de aquel país: «Estaban igualmente provistos así en su ciudad como en cualquier otro punto, de todo lo apetecible para los usos de la vida. Se surtían ciertamente de muchas cosas en otras comarcas, por razón de ser extenso su imperio; pero la isla les suministraba la mayor parte de lo que necesitaban. En primer lugar, sacaban de sus minas los metales y los fundían; y el oricaldo que hoy rara vez se menciona, era entre ellos muy celebrado; se sacaba de la tierra en muchas partes de la isla, y se le consideraba como el más precioso de todos los metales, excepto el oro. La isla producía también, en abundancia, maderas de construcción.
Había asimismo sobrados pastos para animales domésticos y selváticos. Existía un prodigioso número de elefantes, pues los pastos eran bastantes a regalar cuanto en lagos, ríos, llanuras y montañas se alimenta. Y de la misma manera había suficiente sustento para la más extensa y más voraz especie de animales. Además de esto, cuanto al presente produce la tierra de oloroso, raíces, yerbas, maderas, jugos, gomas, flores o frutos, todo lo producía la isla y lo producía bien».

Los galos tenían tradiciones de la Atlántida, las cuales fueron recogidas por el historiador romano Timógenes, que vivió en el siglo anterior a Cristo.
Tres pueblos de apariencia distinta habitaban las Galias. Primeramente la población indígena (restos probables de la raza lemura); en segundo lugar, los invasores que procedían de la lejana isla Atlántida, y últimamente los ario-galos (véase Pre-adamites, página 380).

Los toltecas de México se consideraban oriundos de un país llamado Atlan o Aztlan; los aztecas también remontaban su origen a Aztlan (véase Native Races de Bancroft, vol. V, págs, 221 y 321).
El Popul Vuh (pág. 294) habla de una visita que tres hijos del Rey de Quiches hicieron a una tierra «al Este, a orillas del mar, de la cual sus padres habían venido», y de donde aquellos trajeron, entre otras cosas, «un sistema de escritura» (véase también Bancroft, vol. V, pág. 553).
Existe entre los indios de la América del Norte, muy difundida, una leyenda sobre la procedencia de sus antepasados de una tierra «hacia el nacimiento del sol».
Los indios Jowas y Dakotas, según afirma el mayor J. Lind, creían que «todas las tribus indias formaban antiguamente una sola, y que vivieron juntas en una isla... hacia el nacimiento del sol».
Desde allí cruzaron el mar en enormes piraguas, a las cuales los antiguos Dakotas navegaron semanas enteras, ganando al fin la tierra.
Declaran los libros de la América Central, que una parte de aquel continente se extendía mar adentro en el Océano, y que esta región fue destruida por una serie de espantosos cataclismos sucedidos a largos intervalos, de tres de los cuales hacen frecuente referencia (Véase Ancient América, de Waldwin, pág. 176).

Es curiosa la confirmación de esta creencia por la leyenda de los celtas de Bretaña, que presentaba a su país extendiéndose antiguamente por el Atlántico, y luego destruido. Tres catástrofes se mencionan en las tradiciones de Gales.

De la divinidad mexicana, Quetzalcoatl se creía que vino del “lejano Oriente”. Se le representaba como un hombre blanco de luenga barba (nótese que los indios americanos no tienen barba). Este Dios les enseñó la escritura y reguló el calendario mexicano.
Después de haberles aleccionado en las artes pacificas se embarcó de nuevo en dirección al Este en una canoa de piel de serpiente (véase North American of Antiquity de Short, págs. 268 y 271). La misma historia se hacía de Zamna, civilizador del Yucatán.

Sólo queda por tratar la maravillosa uniformidad de las leyendas del diluvio en todas las partes del mundo. Que aquellas sean versiones arcaicas de la historia de la perdida Atlántida y de su hundimiento, o ecos de una gran alegoría cósmica, un tiempo enseñada y tenida en veneración en algún centro común, desde el cual se difundiera a todos los confines del mundo.
Basta para nuestro objeto mostrar la aceptación universal de estas leyendas. Ocioso seria repetir las historias del diluvio una por una; es suficiente decir que en la India, en Caldea, Babilonia, Media, Grecia, Escandinavia y China, así como entre judíos y celtas, la leyenda es completamente idéntica en todo lo esencial.

Los hechos expuestos no son fruto de presunciones o conjeturas, sino que han sido sacados de anales contemporáneos, formados y transmitidos a través de las edades. Los anales auténticos están a disposición de los investigadores debidamente calificados y aquellos que se hallen dispuestos a adquirir la enseñanza necesaria, pueden comprobarlos y cotejarlos. Entre los documentos hay mapas del mundo en diversos períodos de su historia, representan a la Atlántida y tierras circunvecinas en diferentes épocas de su historia. Estas épocas corresponden aproximadamente a los períodos comprendidos entre las catástrofes dichas, y dentro de estos períodos, representados por cuatro mapas, se agrupan los acontecimientos de la raza atlante.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

23/8/16

Historia de la Atlántida (II)

Tercero.
La lengua y los tipos étnicos:

La lengua euskera permanece aislada entre los idiomas europeos, sin tener afinidad con ninguno de ellos. Según Farrar, «nunca ha sido dudoso que este lenguaje, que conserva su identidad en un rincón occidental de Europa, en medio de dos poderosos reinos, se parece en su estructura a los idiomas aborígenes del continente frontero (América) y a ellos solamente (Families of Speech, pág. 132).
Los fenicios fueron, al parecer, los primeros que usaron en el hemisferio oriental un alfabeto fonético, cuyos caracteres son meros signos de los sonidos. Es un hecho curioso el que en una edad tan remota se encuentre también un alfabeto fonético en la América central, entre los Mayas del Yucatán, cuyas tradiciones referían el origen de su cultura a un país del oriente, allende el mar.
Le Plongeon, gran autoridad en el asunto, escribe: «Una tercera parte de este idioma (el Maya) es puro griego. ¿Quién llevó la lengua de Homero a América, o quién trajo a Grecia la de los Mayas?... El griego es un vástago del sánscrito. ¿Lo es el Maya, o son coetáneos?».
Aún más sorprendente es que trece letras del alfabeto Maya tengan una relación muy clara con los signos jeroglíficos de Egipto correspondientes a las mismas letras. Es probable que la primitiva forma del alfabeto fuese la jeroglífica, “la escritura de los dioses”, según la llamaban los egipcios, y que más tarde se convirtió en la Atlántida, en fonética.
Natural sería suponer que los egipcios fueron una colonia muy antigua de los atlantes (y así lo fueron en realidad), y que llevaron consigo el tipo primitivo de la escritura, que de este modo ha dejado sus huellas en ambos hemisferios, mientras que los fenicios, que eran gente marinera, adquirieron y se asimilaron la última forma de su alfabeto en su comercio con los pueblos del Occidente.

Un punto más debe notarse, es la extraordinaria semejanza entre muchas palabras del hebreo y las voces que tienen precisamente el mismo significado en el idioma de los chapenecas, rama de la raza Maya y de las más antiguas de la América central. Una lista de estas voces aparece en la pág. 475 de North Americans of Antiquity.
La semejanza de lenguaje de varias razas salvajes de las islas del Pacífico se ha empleado como argumento por escritores en esta materia. La existencia de idiomas similares hablados por razas separadas por muchas leguas de mar, a través del cual no se les ha conocido comunicación en tiempos históricos, es ciertamente un argumento en favor de su descendencia de una raza única
que ocupara un solo continente; mas este argumento no puede ser aplicado a nuestro propósito, porque el continente de que dichas islas formaron parte no fue la Atlántida, sino Lemuria, más antiguo aún.

Tipos étnicos:
La Atlántida, como veremos, se dice que fue habitada por razas rojas, amarillas, blancas y negras. Ahora bien; las investigaciones de Le Plongeon, de Quatrefages, de Bancroft y otros, han mostrado que las poblaciones oscuras del tipo negro africano existían aun en tiempos muy recientes en América. Muchos de los monumentos de la América Central presentan en su decorado semblantes de negros, y muchos de los ídolos allí encontrados son indudables representaciones de hombres de esta raza, con sus cráneos pequeños, gruesos labios y su cabello corto y lanudo.
El Popul Vuh, hablando de la primera morada de la raza guatemalteca, dice:
«hombres negros y blancos juntamente» vivían en esta tierra feliz, en gran paz, hablando una misma lengua». (Véase Native Races, de Bancroft, pág. 547).
El Popol Vuh continúa refiriendo cómo aquel pueblo emigró del país de sus abuelos; cómo llegó a alterarse su lenguaje, y cómo algunos pasaron al Este mientras otros se trasladaron al Oeste (América Central) .

El profesor Retzius, en su Smithsonian Report , considera que los primitivos dolicocéfalos de América están íntimamente relacionados con los guanches de las islas Canarias y con la población de la costa africana del Atlántico, población a la cual Latham designa con el nombre de egipcio-atlante. La misma forma de cráneo se encuentra en las islas Canarias, al lado de la costa de África, que en las islas Caribes, junto a la costa americana, y el color de la piel es en ambas poblaciones rojizo oscuro.
Los antiguos egipcios se representaban a sí mismos como hombres rojos, del mismo aspecto que hoy se ve en algunas tribus de indios americanos.
«Los antiguos peruanos -dice Sholt- parece que fueron una raza de cabello castaño, a juzgar por las numerosas muestras de pelo encontradas en sus tumbas» .
Hay un hecho notable a propósito de estos pueblos de América, el cual es un enigma indescifrable para los etnólogos, y es la muchedumbre de colores y aspectos, que entre ellos se encuentra.
Desde la blancura de las tribus menominea, dacota, mandana y zuni, en las cuales abundan los tipos de cabello castaño y ojos azules, hasta la obscuridad, que casi se confunde con las del negro africano, de los karos de Kansas, y de las ya extinguidas tribus de California, las razas indias presentan todos los matices: rojo oscuro, cobrizo, aceitunado, cinamomo y bronco.
La variedad de color, en el continente americano, se explica por los colores de las razas originales del continente atlante, de donde son oriundos los pueblos del Nuevo Mundo.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

16/8/16

Historia de la Atlántida (I)

La destrucción de la Atlántida ocurrió por una serie de catástrofes cuyo carácter varió desde los grandes cataclismos en que perecieron poblaciones y territorios enteros, hasta los hundimientos de terreno, relativamente sin importancia e igual a los que hoy suceden en nuestras costas.
Una vez iniciada la destrucción por la gran catástrofe primera, los hundimientos parciales continuaron sin interrupción deshaciendo el continente con acción lenta, pero segura.

Hubo cuatro grandes catástrofes superiores a las demás en intensidad:
La primera acaeció en la edad miocena, hace unos 800.000 años.
La segunda, que fue de menor importancia, sucedió hace unos 200.000 años.
La tercera, hace 80.000 años, fue muy grande; destruyó todo lo que quedaba del continente Atlante, a excepción de la isla a la que Platón dio el nombre de Poseidón, la cual a su vez, se sumergió en la cuarta y última gran catástrofe, 9.564 años antes de la Era cristiana.

El testimonio de los más antiguos escritores y las investigaciones científicas modernas afirman la existencia de un antiguo continente que ocupaba el lugar de la perdida Atlántida, conviene ver las fuentes generalmente conocidas que suministran pruebas de lo dicho. Estas pueden agruparse en cinco clases:
- Los datos aportados por los sondeos del mar.
- La distribución de la fauna y de la flora.
- Las semejanzas de lenguaje y tipo etnográfico.
- Semejanza de arquitectura, creencias y ritos religiosos.
- Testimonio de los antiguos escritores, de las tradiciones antiguas de las razas y de las leyendas arcaicas sobre el diluvio.

Primero.
Las expediciones de los cañoneros inglés y norteamericano Challenger y Dolphin principalmente (aunque Alemania se asoció también a esta exploración científica), el fondo de todo el Océano Atlántico está hoy trazado en mapas, resultando que existe un inmenso banco o sierra de gran elevación en medio de este mar. Esta cordillera se extiende en dirección Sudoeste desde los 50° Norte hacia la costa de la América meridional, desde donde cambia en dirección Sudeste hacia las costas de Africa, cambiando de nuevo de dirección en los alrededores de la isla de la Ascensión, y enderezándose hacia el Sur rectamente hacia las islas de Tristán de Acunha. Este banco se levanta súbitamente 9.000 pies del fondo de las profundidades que le rodean y las Azores, San Pablo, Ascensión y las islas de Tristán de Acunha son los picos de esta elevación de terreno que aún permanecen sobre el agua.
Se necesita una cuerda de 3.500 brazas (21.000 pies) para sondar las partes más profundas del Atlántico, mientras que las más elevadas del banco referido están solamente a ciento o unos cuantos cientos de brazas debajo del agua.
El sondeo muestra también que la cordillera está cubierta de restos volcánicos, de los cuales se encuentran huellas atravesando el Océano hacia las costas americanas. Las investigaciones hechas durante la exploración aludida, han probado de un modo concluyente que el lecho del Océano, particularmente en la proximidad de las Azores, ha experimentado perturbaciones volcánicas de una proporción gigantesca en períodos geológicos que pueden determinarse.

Mr. Starkie Gardner opina que en el período eoceno formaban las islas británicas parte de una gran isla o continente, que se extendía hacia el Atlántico, y que “un tiempo existió una gran extensión de tierra firme, donde ahora hay mar, de cuyas más elevadas cimas son restos Cornwall, el Scilly, las islas del Canal, Irlanda y la Gran Bretaña”.

Segundo.
Es un enigma para los biólogos y botánicos la existencia de especies similares o idénticas de la fauna y de la flora en continentes separados por los grandes mares. Y si alguna vez estuvieron estos continentes unidos de modo que fuese posible la natural emigración de tales plantas y animales, el enigma quedaría aclarado. Ahora bien; los restos fósiles del camello se encuentran en la India, en Africa, en la América del Sur y en Kansas; mas es hipótesis generalmente aceptada por los naturalistas, que todas las especies de animales y plantas son oriundas de una sola parte del globo, desde la cual, como centro, se han esparcido por las demás.
¿Cómo puede explicarse la situación de tales restos fósiles sin la existencia de una comunicación terrestre en una remota edad?
Recientes descubrimientos verificados en los yacimientos de Nebraska, parecen también demostrar que el caballo tuvo su origen en el hemisferio occidental, pues sólo en aquella parte del mundo se han encontrado restos fósiles que ponen de manifiesto las diversas formas intermedias identificadas como precursoras del actual caballo. Sería, pues, difícil explicar la presencia del caballo en Europa, sin la hipótesis de continuas comunicaciones terrestres entre los dos continentes, puesto que es cosa cierta que el caballo existía en estado salvaje en Europa y en Asia antes de que fuese domesticado por el hombre, lo cual tuvo lugar casi en la Edad de Piedra.
El ganado lanar y el vacuno, tales como los conocemos hoy, tienen igualmente un abolengo remoto. Darwin opina que había en Europa, en el primer período de la Edad de Piedra, ganado vacuno domesticado, el cual procedía de tipos salvajes de la familia del búfalo de América.
También existen en el Norte de América restos del león de las cavernas de Europa.

Pasando del reino animal al vegetal, se observa que la mayor parte de la flora del período mioceno de Europa que se encuentra principalmente en los yacimientos fósiles de Suiza existe al presente en América y algunas especies en Africa; pero el hecho notable, a propósito de América, es que mientras se halla dicha flora en gran proporción en los Estados Orientales, faltan muchas especies en las costas del Pacífico. Esto parece mostrar que entraron en aquel continente por el lado del Atlántico.

El profesor Wallace, en su interesante obra Island Life, así como otros escritores en muchas obras importantes, han emitido ingeniosas hipótesis para explicar la identidad de la flora y de la fauna en territorios muy apartados unos de otros, y el transporte de las especies a través del Océano, pero sus razones no son convincentes y fallan en diferentes puntos.
Es cosa sabida que el trigo, tal cual le conocemos, no ha existido jamás en verdadero estado silvestre, ni hay prueba alguna por donde rastrear su descendencia de especies fósiles. Cinco variedades de trigo se cultivaban ya en Europa en la Edad de Piedra, una de las cuales, encontrada en las moradas lacustres, se conoce por trigo de Egipto; de lo cual deduce Darwin que los habitantes de los lagos, o sostenían tráfico aún con algún pueblo meridional, o procedían originariamente del Sur como colonizadores; y concluye que el trigo, la cebada, la avena, viene de diversas especies ya extinguidas, o tan enteramente distintas de aquellas, que no permiten su identificación, por lo que dice: «El hombre debe de haber cultivado los cereales desde un período enormemente remoto».
Las regiones donde estas especies extintas florecieron y la civilización bajo la cual fueron cultivadas por una selección inteligente, nos las suministra el continente perdido, cuyos emigrantes las llevaron a Oriente y Occidente.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

6/8/16

Razas Gigantes

¿SON LOS GIGANTES UNA FICCIÓN?
En este punto chocamos con la Ciencia, la cual niega hasta ahora que el hombre haya sido nunca mucho mayor que el término medio de los hombres altos y fuertes que actualmente se encuentran.

En 1613, en una localidad llamada desde tiempo inmemorial el “Campo de los Gigantes” en el bajo Dauphiné, Francia, a cuatro millas de Saint Romans, se encontraron unos huesos enormes profundamente enterrados en el suelo arenoso, las investigaciones posteriores de Cuvier probaron que eran restos fósiles del Dinoterio gigante, de 18 pies de largo.
El húngaro que se exhibía en el Pabellón de Londres tenía cerca de 9 pies. En América se exhibía otro gigante de 9 pies y 6 pulgadas de alto; el Danilo montenegrino tenía 8 pies 7 pulgadas. En Rusia y en Alemania se ven a menudo hombres de más de 7 pies entre las clases sociales inferiores.

¿Y de dónde procede el testimonio de escritores clásicos bien conocidos, de filósofos y de hombres que jamás han tenido reputación de mentir?
Tengamos en cuenta que antes del año 1847 en que Boucher de Perthes lo impuso a la atención de la Ciencia, apenas si se conocía algo del hombre fósil; pues la Arqueología ignoraba complacientemente su existencia. De los gigantes que habitaban la tierra en aquellos días antiguos, sólo la Biblia había hablado a los sabios de Occidente; siendo el Zodíaco el testigo solitario llamado a corroborar tal declaración, en las personas de Orión y Atlas, cuyos hombros poderosos se decía que sostenían al mundo. Sin embargo, los gigantes se han quedado sin sus testigos, y pueden examinarse los dos aspectos de la cuestión. Las tres Ciencias, la geológica, la sidérea y la escritural (esta última en su carácter universal), pueden proporcionarnos las pruebas necesarias. Principiando con la Geología, ésta ha confesado ya que mientras más antiguos son los esqueletos excavados, tanto más grande, más alta y más poderosa es su estructura.
Federico Reougemont, que, aunque cree demasiado piadosamente en la Biblia y en el Arca de Noé, no es por eso menos científico, escribe: Todos esos huesos encontrados en los Departamentos de Gard, en Austria, en Lieja, etc.; esos cráneos que recuerdan todos el tipo del negro... y que por razón de su tipo pudieran tomarse equivocadamente por animales, han pertenecido todos a hombres de alta estatura. Lo mismo dice Lartet, autoridad que atribuye una “alta estatura” a los que fueron sumergidos en el Diluvio -no necesariamente el de Noé- y una estatura más pequeña a las razas que vivieron posteriormente.

En cuanto a la evidencia que proporcionaban los escritores antiguos, Tertuliano nos asegura que en su tiempo había en Cartago cierto número de gigantes, aunque antes de poder aceptar su testimonio, tendría que probarse su existencia real. Podemos, sin embargo, dirigirnos a los periódicos de 1858, que hablan de un “sarcófago de gigante” encontrado en el citado año, en el sitio ocupado por aquella ciudad. En cuanto a los antiguos escritores paganos, tenemos el testimonio de Filostrato, que habla de un esqueleto de gigante de 22 codos de largo, así como también de otro de 12 codos, vistos por él mismo en el promontorio de Sigeo. Este esqueleto puede quizás no haber pertenecido, como creía Protesilas, al gigante muerto por Apolo en el sitio de Troya; sin embargo, era de un gigante, como lo era aquel otro descubierto por Messecrates de Stira, en Lemnos, “horrible de contemplar”, según Filostrato.
¿Es posible que los prejuicios lleven a la ciencia al extremo de clasificar a todos estos hombres como necios o como embusteros?
Plinio habla de un gigante en quien creyó reconocer a Orión, u Oto, el hermano de Ephialtes. Plutarco declara que Sertorio vio la tumba de Anteo, el Gigante; y Pausanias atestigua la existencia real de las tumbas de Asterio y de Gerion, o de Hilo, hijo de Hércules -todos Gigantes, Titanes y hombres poderosos- . Finalmente, el Abate Pegues afirma, en su curiosa obra Les Volcans de la Grèce, que: En la vecindad de los volcanes de la isla de Tera se encontraron gigantes con cráneos enormes, que yacían bajo piedras colosales, cuya erección, en todos los sitios, ha debido de exigir el uso de fuerzas titánicas, y que la tradición asocia, en todos los países, con las ideas sobre los gigantes, los volcanes y la magia.
En la misma obra antes citada, el autor se pregunta por qué en la Biblia y en la tradición, los Gibborim, los gigantes o “poderosos”, los Rephaim, espectros o “fantasmas”; los Nephilim, los “caídos”, se nos presentan como idénticos, aunque son “todos hombres”, puesto que la Biblia los llama los primitivos y los poderosos, verbigracia, Nimrod.

La Doctrina Secreta explica el misterio. Estos nombres, que pertenecen de derecho sólo a las cuatro Razas precedentes y a los primeros principios de la Quinta, aluden muy claramente a las primeras dos Razas Fantasmas (Astrales), a la Raza “Caída” -la Tercera, y a los Gigantes Atlantes-, la Cuarta, después de la cual “principiaron los hombres a decrecer en estatura”.

Sólo en la Cuarta Raza fue cuando los hombres, que habían perdido todo derecho a ser considerados divinos, apelaron al culto del cuerpo, en otras palabras, al falicismo. Hasta entonces habían sido verdaderamente Dioses, tan puros y divinos como sus Progenitores; y la expresión de la “Serpiente” alegórica, no se refiere en modo alguno a la “Caída” fisiológica de los hombres, sino a su adquisición del conocimiento del Bien y del Mal; y este conocimiento les vino prior a su caída.

Extracto: La Doctrina Secreta Vol. III - H.P. Blavatsky
+INFO 

12/7/16

Subrazas Atlantes

De las siete subrazas que son necesarias para completar la historia de una gran raza raíz, sólo cinco han existido hasta ahora. Nuestra propia subraza teutónica, que es la quinta, ha producido ya muchas naciones, pero aún no ha terminado su carrera; mientras que las subrazas sexta y séptima que han de desarrollarse en los continentes Norte y Sur de América, habrán de dar miles de años a la historia.

La exposición del progreso del mundo durante el período de la Cuarta raza o raza Atlante, abraza la historia de muchas naciones, y registra el nacimiento y ruina de numerosas civilizaciones, además durante el desarrollo de esta raza, hubo catástrofes como no las ha experimentado todavía nuestra quinta raza, en que perecieron poblaciones y territorios enteros.

Los nombres de las subrazas Atlantes son:
Rmoahal; Tlavatli; Tolteca; Turania primitiva; Semita originaria; Akadia y Mongola.

Es necesario explicar por que hemos elegido estos nombres. Cuando los etnólogos modernos han descubierto huellas de una de estas subrazas, o siquiera identificado una pequeña parte de alguna, empleamos el nombre que le han dado para mayor sencillez; pero como apenas hay de las dos primeras subrazas, huella de que la ciencia pueda apoderarse, las designamos con los mismos nombres que usaron.

La raza Rmoahal nació hace más de cuatro a cinco millones de años, período en el cual existían aún extensas porciones del gran continente meridional de Lemuria, mientras que la Atlántida no había adquirido las proporciones que alcanzó. En un promontorio de esta tierra de Lemuria surgió la raza Rmoahal. Aproximadamente puede colocarse este punto en el 7.0 de latitud Norte y el 5.0 de longitud Oeste, que en los Atlas modernos viene a caer en la costa de los Ashantis. Era aquel un país cálido y húmedo, y allí vivían, en pantanosos cañaverales y en bosques sombríos, enormes animales antidiluvianos. Los restos fósiles de aquellas plantas se encuentran hoy en los yacimientos hulleros.

Los rmoahales eran una raza oscura de color de caoba. Su talla en los primitivos tiempos, era de 10 a 12 pies, talla de verdaderos gigantes; pero con el tiempo disminuyó gradualmente, como sucedió a todas las demás razas a su vez, y por último, quedó reducida a la estatura del hombre de Furfooz. Últimamente, emigraron a las costas meridionales de la Atlántida, donde sostuvieron continuas guerras con las subrazas sexta y séptima de los lemures que habitaban aquel país. Una gran parte de estas tribus, recorriendo el continente, paró en el Norte, mientras que las restantes se establecieron al Mediodía, mezclándose con los aborígenes lemures. Resultó de esto, que no había ya pureza de sangre en las comarcas del Sur, y al transcurrir el tiempo los conquistadores toltecas sacaron sus esclavos de estas razas oscuras que habitaban las provincias ecuatoriales y el extremo meridional del continente.
La parte de la raza Rmoahal que se conservó pura, entró en las penínsulas al Nordeste, próximas a Islandia, donde habitaron por generaciones adquiriendo gradualmente un color más claro constituyendo un pueblo de relativa belleza. Sus descendientes vinieron a ser, con el tiempo, súbditos de los reyes semitas. Aunque habitaron en el Norte por generaciones, esto no implica que su permanencia allí no sufriese interrupciones; pues la fuerza de las circunstancias les empujó a veces hacia el Sur.
Aunque el frío de las épocas glaciales influyó también como es natural, sobre las demás razas, viene bien que digamos aquí las pocas palabras que hemos de dedicar a este asunto. Sin entrar en la cuestión de los diversos movimientos de la tierra, ni en los varios grados de excentricidad de su órbita, en cuya combinación se ha creído ver a veces la causa de los períodos glaciales, es un hecho por cierto ya reconocido por algunos astrónomos, que cada 30.000 años sobreviene una época glacial de las menores. Además de éstas, hubo dos ocasiones en la historia de la Atlántida, en que el cinturón de hielo no asoló únicamente las regiones del Norte, sino que invadiendo la mayor parte del continente, forzó a todos los seres vivos a emigrar hacia las tierras ecuatoriales. La primera vez ocurrió en los días de los rmoahales, hace tres millones de años, y la segunda durante el predominio de los toltecas, 850.000 años antes de nuestras edades.
Por lo que hace a los períodos glaciales, debe consignarse que aunque los habitantes de las comarcas del Norte se veían obligados a trasladarse durante el invierno muy al Mediodía del cinturón del hielo, había, sin embargo, grandes territorios, a los cuales podían volver en el verano, y donde acampaban para cazar hasta que el frío del invierno les echaba de nuevo hacia el Sur.

La raza Tlavatli o segunda subraza, tuvieron origen en una isla situada a corta distancia de la costa occidental de la Atlántida. De allí se extendieron a la Atlántida, ocupando las regiones centrales, y gradualmente subieron al Norte, hacia las costas que caían frente a la Groenlandia. Físicamente, eran una raza vigorosa y dura, de color rojo oscuro, pero no tan altos como los Rmoahales, a quienes empujaron más aún hacia el Norte. Fueron siempre un pueblo aficionado a la vida de las montañas, y su principal asiento estuvo en las comarcas montañosas del interior llegando a la isla de Poseidón, también poblaron las costas septentrionales, y con el tiempo, mezclados con sangre tolteca, habitaron las islas occidentales que en su día formaron parte del continente americano.

La raza Tolteca, o tercera subraza representó un gran desarrollo en el tipo humano. Imperó sobre todo el continente de la Atlántida por miles de años, con gran poderío y gloria y tan dominante y bien dotada de vitalidad fue esta raza, que sus mezclas con las siguientes subrazas no pudieron modificar el tipo, que permaneció siempre esencialmente tolteca; cientos y miles de años más tarde encontramos una de sus más remotas ramificaciones, gobernando de un modo grandioso en México y Perú, muchos siglos antes de que sus degenerados descendientes fuesen conquistados por las feroces tribus aztecas, procedentes del Norte. El color de esta raza era también rojo oscuro, pero era aún más roja o más cobriza que los tlavatlis. Tenían también talla de gigantes, midiendo por término medio ocho pies de altura en el período de su supremacía, pero menguaron como todas las razas hasta llegar a la estatura corriente. Su tipo fue un adelanto sobre el de las subrazas anteriores; sus facciones eran rectas y acentuadas, no muy distintas de las de los antiguos griegos.
La cuna de esta raza caía cerca de la costa occidental de la Atlántida, a los 30° de latitud Norte aproximadamente, y por solo toltecas fue poblada la totalidad de los países circunvecinos que abrazaban toda la extensión de las costas del Poniente. Pero su organización política, su territorio se extendió en determinados períodos a través del continente, y desde su gran capital, fundada en las costas orientales, ejercieron los emperadores toltecas su dominio casi tlniversal.

Se designa a estas tres primeras subrazas con el nombre de «razas rojas», y entre ellas y las cuatro siguientes no hubo al principio mucha mezcla de sangre. Las últimas, aunque muy diferentes entre sí, han sido llamadas «amarillas», color que más propiamente caracteriza a las Turania y Mongola, pues la Semita y Acadia eran relativamente blancas.

La raza Turania, subraza cuarta, tuvo su origen en la banda oriental del continente, y al Sur del país montañoso habitado por el pueblo tlavatli. Los turianos fueron colonizadores desde sus primeros tiempos, y emigraron en gran número a las tierras que se extendían al Este de la Atlántida. Nunca fue ésta una raza dominadora en su propio continente, aunque algunas de sus tribus y familias llegaron a ser muy poderosas. Las grandes regiones centrales del continente, situadas al Oeste y al Mediodía del país montañoso de los tlavatlis, fueron su morada propia, aunque no exclusiva, pues compartieron estas tierras con los toltecas.

Los Semitas primitivos, o quinta subraza, los etnólogos se han visto algo confusos, cosa muy natural si se considera lo insuficiente de los datos que han podido obtener. Esta subraza apareció en los territorios montañosos que formaban la más meridional de las dos penínsulas situadas al Norte del continente, la cual está hoy representada por Escocia, Irlanda y algunos mares que las rodean. En esta ingrata porción del gran continente creció y floreció la raza durante siglos, sosteniendo su independencia contra los ataques de los Reyes del Sur, hasta que a su vez le llegó el tiempo de extenderse y colonizar. Debe tenerse en cuenta que en la época en que los semitas llegaron a ser poderosos, habían pasado cientos de miles de años desde su aparición. Eran turbulentos y mal avenidos, siempre en guerra con sus vecinos y en particular con el poder, entonces creciente de los acadios.

Los Acadios que formaron la subraza sexta, nació después de la gran catástrofe de hace 800.000 años, en la tierra que estaba al Este de la Atlántida, hacia el punto medio de la gran península, cuya extremidad Sudoeste se extendía hasta casi tocar aquel continente. El lugar referido puede colocarse aproximadamente en el grado 42 de latitud Norte y el 10º de longitud Este.
No se contuvieron los acadios por mucho tiempo dentro del territorio en que habían nacido, sino que invadieron el entonces ya disminuido continente de la Atlántida. Riñeron con los semitas muchas batallas por mar y tierra, y por ambas partes se emplearon escuadras numerosas.
Finalmente, hará cosa de 100.000 años, vencieron por completo a los semitas, y desde entonces una dinastía acadia, establecida en la antigua capital semita, gobernó el país sabiamente por muchos cientos de años. Era un pueblo comercial, colonizador y marinero, y así estableció muchos centros mercantiles en países lejanos.

Los Mongoles, o séptima subraza, parece que fueron los únicos que no tuvieron contacto alguno con el continente atlante. Nacidos en las llanuras de la Tartaria, en las cercanías de los 63° de latitud Norte y 140° de longitud Este, fueron retoño directo de descendientes de la raza turania a quienes gradualmente reemplazaron en la mayor parte del Asia. Esta subraza se multiplicó en exceso, la mayor parte de los habitantes del globo pertenecen a ella etnográficamente, si bien muchas de sus divisiones se hallan matizadas por tan vario modo con sangre de otras razas anteriores que apenas si pueden distinguirse de ellas.
Extracto: “Historia de los Atlantes” W. Scott Elliot.

26/6/16

El Nacionalismo en España

El nacionalismo cubano tuvo un papel fundamental, aunque por lo general ignorado, en la formación de posturas nacionalistas en España. Tanto las formas más contemporáneas del nacionalismo español como la aparición de movimientos competidores, especialmente en Cataluña y Vascongadas, estuvieron determinados por el modelo pionero madurado por las guerras civiles de la Gran Antilla.

Cuba fue el medio propagador de planteamientos ideológicos netamente norteamericanos hasta contagiar la política peninsular española. En un brillante ensayo de síntesis, el historiador cubano Moreno Fraginals ha explicado la dimensión española de la política cubana. En cambio, la dimensión cubana de la política española, exceptuando la dinámica económica, destacándose el rol de grupos de presión antillanos y de poderosos intereses comerciales burgueses ante la administración con sus reciprocidades, sigue sin recibir la consideración que merece.

"MÁS SE PERDIÓ EN CUBA": EL SIGNIFICADO HISTÓRICO DEL NACIONALISMO CUBANO EN ESPAÑA.

Es bien conocido que el nacionalismo español estuvo condicionado por un síndrome de culpa respecto a la pérdida del Imperio en 1898. Muchos acusaron a los sagastinos por no haber apoyado adecuadamente a las fuerzas armadas. Especialmente entre los militares, se desarrolló un discurso de Dolchstoss, que culpaba al "frente doméstico" de irresponsabilidad ante el peligro: la "vieja política" que acuchilló por la espalda a los valientes soldados y marinos, enviados al suicidio sin armas o buques adecuados. Son tópicos exculpatorios que recuerdan al argumento desarrollado por el militarismo alemán veinte años más tarde. Por citar un ejemplo, el teniente coronel Francisco Maciá, elegido diputado por la Liga Regionalista en el marco de la Solidaritat Catalana en 1907, hizo su más sonada intervención en la Cámara, la que le dio renombre parlamentario en febrero de 1909, por denunciar las "cobardías" de Moret y los suyos, al abandonar las fuerzas armadas ante el sacrificio.
Sin duda, el nuevo militarismo españolista, surgido en los años 1890 insistiría monotemáticamente en la necesidad de retener Cataluña (o las tierras vascas) y evitar una "pérdida" semejante a la de "perla de las Antillas".
En realidad, durante un siglo, desde las guerras civiles de los años setenta del siglo XIX hasta la transición democrática y el "Estado de las autonomías" en los setenta del XX, la extrema derecha española estuvo condicionada por el miedo a la secesión, sin mayor iniciativa para acceder a la relevancia política que clamar airadamente en nombre de la unidad de la maltrecha patria. Por la misma lógica, los sectores más exaltados de todos los movimientos competidores del españolismo -los nacionalismos catalán, vasco, canario y gallego en primera instancia- pretendieron seguir al cubano como modelo inspirador. Los que instaban hacia la radicalización, fuese táctica o estratégica, copiaron no solo doctrina, sino también un patrón, un estilo con éxito, aderezado con la admiración hacia el esquema de partido insurreccional, lo que ha significado hasta copiar la bandera.
Y bañadas en el purismo de la nostalgia por la patria abandonada, las respectivas comunidades inmigrantes de origen "godo" establecidas en el marco antillano tuvieron un papel de vanguardia en tal emulación.

El papel modélico de Cuba, tanto negativo (para el españolismo) como positivo (para los antiespañolismos), no debería sorprender. El interminable debate sobre las autonomías dentro del Estado español dio fruto legislativo, por primera vez, para resolver el "problema cubano". En los años 1880 y 1890, las propuestas para una diputación única para las provincias Cubanas anticiparon la discusión parlamentaria sobre la formación de una "mancomunidad" de diputaciones en Cataluña, tema que dominaría las Cortes liberales de 1911-1913 y que fue resuelto a continuación por los conservadores mediante decreto. Como se sabe, por muy poco que éste durase, las dos Antillas tuvieron el primer régimen autonómico estatutario en España, unos treinta y cuatro años antes del emblemático gobierno catalán, proclamado en 1931 y reconocido por Estatuto parlamentario en 1932, bajo la II República.
Más aún, el nacionalismo cubano también fue pionero del republicanismo dentro del marco español: se proclamó la República de Cuba libre en 1868. Finalmente, en 1902, los independentistas cubanos consiguieron establecer un régimen republicano con reconocimiento internacional (aunque fuera mediatizado), logro que el republicanismo metropolitano solo pudo envidiar. De hecho, hasta el comunismo cubano ha servido, tras 1959, como ejemplo e inspiración a las izquierdas españolas, sobre todo porque su éxito y capacidad de supervivencia contrastan elocuentemente con la trayectoria de las análogas corrientes peninsulares.
El nacionalismo cubano surgió al margen de la dinámica independentista de las Américas. Por mucho que sus raíces estuvieran en la histórica pugna entre criollos y peninsulares, igual que en la "Tierra firme" hispana, la "cubanidad" se planteaba en el contexto de la confrontación entre Estados Unidos y España: ser independentista "auténtico" -término clave en la política republicana cubana- significaba no aceptar ni el anexionismo ni la autonomía.
El hecho es que la historia contemporánea española está marcada por la primera gran crisis de descolonización. Tal concepto se remonta a la pérdida germana de su imperio afroasiático tras la Primera Guerra Mundial, el mismo término lo inventó un politólogo alemán en 1932.
Con todo, es indudable que la pionera descolonización española anticipó muchos de los problemas que se harían evidentes al desmenuzarse los Imperios británico, francés, holandés, belga y portugués medio siglo después, tras 1945.

En concreto, además de la problemática repatriación de personas y bienes y de las futuras implicaciones en la sostenida relación con la ex-colonia, la pérdida imperial comportó automáticamente una larga lista de redefiniciones. Se quisiera o no, había que replantear la identidad colectiva, la noción de ciudadanía, el rol de las fuerzas armadas, la función misma del Estado, la pulcritud política y la eficacia administrativa, todo ello ante la aparente inamovilidad de los obstáculos tradicionales, de la corrupción y la confusión en la función pública, por enumerar algunos aspectos más evidentes.
En Cataluña, el atractivo del republicanismo estaba precisamente en su carácter negativo que, de manera implícita, preveía la destrucción del Estado existente y la creación de otro de tipo nuevo. El republicanismo catalán, fuera el que fuera su articulación conceptual, era en substancia dualista: reflejaba la medida en la cual el discurso histórico catalán del siglo XVII, recogido por la crítica romántica catalana, sostenía que Castilla había falseado, mediante el absolutismo, la invención de España, dado que la verdadera España se componía de Cataluña en rango de igualdad con Castilla. Por lo tanto, en el contexto catalán, construir la república española, hacer España en este sentido de una vez por todas, comportaba la autodeterminación de Cataluña, no sólo como "el Pueblo" consciente y genérico, sino también como pueblo territorial; de ahí, el discurso separatista, que suponía que la ruptura era el paso previo imprescindible para la creación de una federación o confederación ibérica de nuevo cuño.

Las mitologías vascas, por el contrario, apelaban al más rancio discurso de hidalguía, según el cual a los "vizcaínos", en justa correspondencia con su condición de nobleza colectiva y cristianos viejos, les correspondían privilegios en el Estado, tanto en casa como en los confines del imperio. Puesto en jerga decimonónica, tal planteamiento se adaptaba sin problemas a la idea "ateniense", un pueblo de demócratas tratando entre sí, con Linos "helotos" labrando sin derechos bajo su benigno mando.
El marco antillano, aunque menos colonizado en época contemporánea por vascos que por catalanes, les brindó a ambos unos esquemas de libertad alternativa a los discursos estatalistas y les permitía truncar sus derechos-privilegios historicistas en derechos democráticos de autodeterminación. La experiencia cubana ofrecía buenas pistas para la adaptación de los particularismos, hasta entonces justificados con argumentos de privilegios, implícitamente aristocráticos (tanto por fuero individual como institucional) contrarios al Estado nivelador, jacobino, al nuevo lenguaje de la revolución liberal y el ideal democrático.

Tal trasvase de ideas políticas también se puede plantear de otra manera. La "sacarocracia" cubana jugó al chantaje de la autodeterminación, copiada de los Estados Unidos, en la presión reformismo/anexionismo.
En el contexto isleño, la inmigración catalana, como vanguardia del interés comercial peninsular, reaccionó y se apuntó a la respuesta españolista, negación absoluta del anexionismo. De ahí, por el discurso imperial de los años sesenta y del reflejo de Prim, el paso de los "voluntarios catalanes" con su romántica barretina de las glorias de Tetuán a la lucha contra la insurrección separatista de Céspedes. Pero la dinámica de guerra civil antillana sirvió como transmisor ideológico, ya que era contacto e interacción, por negativa que fuera: así se descubrió la autodeterminación tanto en el medio cultural catalán, como en el canario, el vasco o el gallego, de manos de la "sacarocracia" cubana, que debía resituarse tras la derrota de la causa sureña en la contienda interna norteamericana.

Las ideas sobre autodeterminación fluyeron desde la política cubana a los equivalentes ambientes regionales metropolitanos en los treinta años que mediaron entre la primera guerra civil cubana, iniciada a finales de los años sesenta, y el final del conflicto definitivo en 1898.

Extracto: “Cuba y el despertar de los nacionalismos en la España Peninsular” Universidad Autónoma de Barcelona.

17/6/16

El libro de las Invasiones (IV)

La narrativa de orígenes irlandeses del LGÉ ha sido utilizada y manipulada, no sólo en Irlanda, sino también en la Península Ibérica, en Galicia en particular, y en Inglaterra y Escocia.
En todas estas regiones se ha utilizado para reivindicar un pasado glorioso y afirmar un antiguo derecho a regir, ya sea por el colonizador y su presentación de una demanda preexistente de su posición de dominio, o por los colonizados que buscan la validación histórica de sus demandas de independencia. Se muestra como los mitos de origen pueden ser apropiados, tanto en la definición y promoción de la nacionalidad y la soberanía e independencia, como también en la afirmación del dominio y control sobre un pueblo colonizado.

El LGÉ ha influido claramente en la percepción del anticuario del pasado, o quizás más exactamente, se puede decir que han sido utilizados por los anticuarios, los nacionalistas y los colonizadores para crear una prehistoria que se ajuste a su propio sentido de identidad. El desarrollo, uso, apropiación y manipulación del LGÉ en regiones geográficamente distantes revela el complejo proceso de negociación de significación que hay detrás de la formación y la transmisión de un artefacto cultural, en este caso las leyendas.

En el siglo XX la cultura nacionalista gallega continuó construyéndose encima de estos cimientos “Celtas”, con las Irmandades da Fala y Xeración Nós, a través de sus respectivas publicaciones A Nosa Terra y Nós, destacando los vínculos entre los dos países y subrayando las similitudes entre la situación política irlandesa y la gallega. Vicente Risco propuso que Irlanda y Galicia “son terras .... habitadas po la mesma raza a suxeitas a un imitan te destiño, d’un xeito tal, que somella coma si Deus quixera axuntar a unha coa outra por unha chea de misteriosas relaciós” (Risco, 1921: 19).
Una de estas conexiones misteriosas fueron las similitudes geográficas entre la costa atlántica de Irlanda y Galicia, y Risco presentó un equivalente gallego para cada promontorio, bahía y pueblo costero a lo largo de la costa oeste de Irlanda. También fueron muy empáticos hacia la lucha de Irlanda. Un ejemplo de esto es la edición de la revista Nós que fue dedicada a la historia de la vida y el anuncio de la muerte del alcalde de Cork Terence MacSwiney después de su huelga de hambre.
Un componente principal del programa cultural de los nacionalistas fue la traducción de la literatura al gallego, con el fin de promover el gallego como lengua literaria y enriquecer la literatura nacional. Al traducir el LGÉ fueron capaces de alcanzar estos objetivos y también reforzar la identidad celta de Galicia.
En 1931 Nós publicó secciones del LGÉ que se preocupan de la ocupación de España por los milesianos, los viajes de Míl, y la invasión de Irlanda por sus hijos.
El resto no se tradujo porque no se refieren al pasado de Galicia ni a su ascendencia, y como tal fue superflua a los requerimientos nacionalistas. La cuestión de la veracidad del LGÉ era secundaria para los intelectuales gallegos y más bien su importancia radica en la representación de una versión diferente de la historia de Galicia, versión en la que Galicia fue un participante activo en un pasado antiguo y glorioso. En aquella época la reacción en Galicia al LGÉ fue relativamente limitada, lo que refleja el pequeño número de lectores de la revista.

El mito del origen irlandés fue apropiado y utilizado de diferentes maneras, tanto en Irlanda como en Galicia.
En el caso de Irlanda, la procedencia española en sí misma no era importante, sino que era más lo que podría proporcionar este enlace, incorporación a un mundo bíblico, un linaje glorioso, y la reivindicación de un antiguo derecho para gobernar.
En Galicia la conexión irlandesa resulta esencial por ser capaz de vincularse con otro país celta, y de esa manera diferenciarse aún más de una España bajo el control de Castilla. También se les proporcionó el legado mítico necesario para la promulgación de una nación, basada en un pasado antiguo y glorioso.
Los mitos del origen irlandés no se han utilizado sólo por aquellos que se consideraban objeto de ataques culturales, y las grandes potencias también manipularan la tradición nativa para validar su propia posición como colonizador.
En Topografía Hiberniæ (1188) Giraldus Cambrensis incluye un breve resumen de los primeros asentamientos en Irlanda, refiriéndose a la tradición nativa de las invasiones de Irlanda. Dudando de la veracidad del relato irlandés se presenta una versión alternativa en la que el rey británico, Gurguntius, dio permiso a los Basclenses de España para instalarse en Irlanda. Esta versión alternativa dio a los normandos la justificación histórica para su reciente conquista, a través de la implicación de que el poblamiento de Irlanda era más reciente que el de Gran Bretaña, y también mediante la presentación de los reyes británicos como los propietarios originarios de Irlanda.
La historia de Gurguntius fue mencionada en un relato anterior - Historia regum Britanniæ (1136) de Geoffrey de Monmouth. En ella Monmouth también describe como Arturo, después de casarse con Ginebra, expandió su imperio para incluir Irlanda. Parece que Monmouth también fue inspirado en parte por la tradición irlandesa, nombrando el jefe de las Basclenses como Partoloim, un personaje del LGÉ.
Historiadores en la época de los Tudor también se refirieron a la leyenda de Gatelo en las reclamaciones británicas al trono de Irlanda. En Two bokes of the histories of Ireland (Dos libros de la historia de Irlanda)(1571) Edmund Campion presenta un relato en el que los descendientes de Gatelo viajaron a las islas británicas. Durante su viaje se encontraron con Gurguntius que estaba de vuelta de Dinamarca. Los españoles le pidieron que les proporcionara un territorio a cambio de su lealtad. Gurguntius les concedió Irlanda, con la esperanza de que sometiesen a los irlandeses para él.
Este relato proporcionó el precedente para la exigencia posterior del tributo de los irlandeses bpor el rey Arturo, y también para la conquista normanda actual y las colonizaciones de los Tudor en Irlanda, sobre la base de un derecho anterior a través de Gurguntius.

A view of the present state of Ireland (Una vista del estado actual de Irlanda) (c. 1598) de Edmund Spenser consiste en un diálogo entre dos personajes, Eudoxus e Ireneus. Ireneo acredita la teoría de la ascendencia irlandesa de un Gatelo español, porque la conquista de Irlanda no se menciona en las crónicas españolas (Spenser, 1763:58). En su lugar Ireneo afirma que fueron los británicos quienes conquistaron y colonizaron Irlanda, citando pruebas etimológicas y fuentes clásicas para corroborarlo. Mientras que Spenser específicamente socava la historia de Gatelo, Scota, y Míl, propone que en estos relatos hay algo de verdad “under these Tales you may in a manner see the Truth lurk” (Spenser, 1763: 66), especialmente en relación con la presencia escita y española en Irlanda. Se centra sobre todo en el asentamiento escita, retratándolos como bárbaros, de los cuales el lector podría sacar conclusiones obvias sobre la naturaleza de sus descendientes irlandeses.

Hadfield ha examinado las representaciones del origen irlandés, y se preguntó por qué los historiadores Tudor siguieron utilizando mitos del origen, cuando en el resto de Europa los desacreditan y se mueven con fuentes históricas válidas, concluyendo que se trataba de una cuestión de conveniencia política (Hadfield, 1993:390).
En Expugnatio Hibernica, Cambrensis establece el derecho de la monarquía inglesa sobre Irlanda, basándose en cinco reclamaciones, tanto antiguas como más recientes.
La afirmación de un antiguo derecho para gobernar en Irlanda se basa en la historia de Gurguntius, y de la posterior conquista del rey Arturo después de la sumisión del jefe irlandés Gilomarius. El más fuerte de los reclamos contemporáneos fue la emisión de una bula pontificia, Laudabiliter, que supuestamente otorgó a los reyes ingleses la autoridad sobre Irlanda. Después de la Reforma los historiadores ingleses ya no podían citar a Laudabiliter como una autoridad para el establecimiento de un derecho político sobre Irlanda, y por lo tanto se centraron en las reclamaciones antiguas. Refiriéndose al pasado imperial del rey Arturo, y más atrás a la leyenda de Gurguntius, fueron capaces de contrarrestar las pretensiones papales en la que Irlanda sólo se concedía a Inglaterra a través de la bula papal.

Extracto: Revista de Arqueología antigua.
El Libro de las Invasiones, la creación, utilización y apropiación de un artefacto cultural.Clíodhna Ní Lionáin 
IRCHSS Doctoral Scholar, UCD School of Archaeology